En uno de esos titulares de los periódicos que son más dignos de lástima que de atención leo que de nuevo en la literatura se pone de moda el tema del amor (pienso dos cosas, pienso muchas cosas, pero en fin pienso dos cosas: una que quien eso escribe ha leído muy poco y menos aún ha hecho un estudio en profundidad de lo que está escribiendo; dos que las editoriales que mantienen el diario en cuestión le han encargado un artículo ad hoc por sus propios intereses. Seguro que estoy equivocado. Me equivoco muy a menudo. Me equivoco tanto que estoy por asegurar que nunca acierto. Me equivoco y me equivoco en mis juicios de valor, en mi forma de comportarme, en mis aspiraciones, en mi propia idea del amor; me equivoco al valorar lo que ha pasado, lo que pudo haber sido y también en mi presente debo de estar muy equivocado y del futuro no quiero ni hablar. Como debo de estar equivocado con esa idea del amor, de lo que el amor es, de la relación entre el amor y las personas, del encuentro entre el amor y el sexo, de cómo los años, los años, la paciencia, la comprensión, el amor al otro, el amor al otro. Siempre reivindiqué como buena una frase muy cursi que se me ocurrió hace ya muchos años: amar es querer lo que no te gusta del otro. Como toda frase está llena de vacíos, prestos a ser rellenados. Sólo que a mí esa gradación de los sentimientos del más elevado al más pequeño me dan una impresión de amor real, pedestre si se quiere, de andar en zapatillas con el amor de tu vida al lado. Porque en esa degradación de sentimientos de la frase: Amar/querer/gustar, se acumula la esencia del vivir amando. Sólo porque quiero lo que de ti no me gusta sé que te amo, vendría a decir dicho de otra manera. Creo que cuando habría de empezar el amor, surgió el desamor. Durante años pensé que las parejas que siguen juntas tras muchos años lo hacían la mayor parte de las veces por una mera transacción comercial, ahora pienso que quizá muchas de ellas amen al otro y hayan conseguido ser amados y, oh, entonces siento nostalgia y ese deseo un poco anciano quizá de ser amado porque alguien quiere lo insoportable de mí ¡qué generosidad entonces el amor, qué entrega, qué confianza!). Siento que ese amor del que se dice que vuelve a estar de moda en la literatura no es ni siquiera natural, se inventó tras la caída del Imperio Romano, es un mero invento del hombre occidental, lleno de agujeros como un queso podrido fuerte de sabor y rico al paladar.
Apuntes a partir del texto de Ramón Andrés El mundo en el oído; de la edición de Joscelyn Godwin Armonía de las Esferas; de la música de Spotify; del texto de Donald J. Grout y Claude V. Palisca, Historia de la música occidental.
El tiempo es un movimiento cíclico mientras que lo eterno es estable.
Escucho una lied de Schubert Heiss mich nicht reden en la voz de Barbara Bonney y al piano Geoffrey Parsons.
¡Uf, Richard Bona! Bisso Baba
Escribe el médico cristiano nestoriano Hunay en 800 d.C. según nos cuenta la traducción medieval hebrea de Judah al Harizi hecha en lo inicios del siglo XIII (¡cómo me seduce, me lleva, me propone esta investigación las delicias de Jorge Luis Borges y sus bibliotecas imaginadas!) única fuente que se conserva de su obra. El original de Hunayn se perdió.
Vayamos al texto de Hunay cuyo tema es una recopilación de máximas filosóficas desde la Antigüedad hasta su Alta Edad Media del siglo IX. Uno de los aforismos que recoge pertenece a Amonio, filósofo en el siglo V. En la parte sexta de un asunto entre filósofos y músicos comenta: Uno de los filósofos solía decir al músico siempre que iba a un banquete: "Por favor, haz que el alma se incline hacia sus facultades más nobles, como la modestia, la rectitud, la amabilidad, el valor, la clemencia, la honradez y la generosidad"
Ensayo
Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/06/2009 a las 19:33 |
Apuntes a partir del texto de Ramón Andrés El mundo en el oído; de la edición de Joscelyn Godwin Armonía de las Esferas; de la música de Spotify; del texto de Donald J. Grout y Claude V. Palisca, Historia de la música occidental.
Mucho antes de que Platón en el diálogo Timeo hablara de la armonía de las esferas la música trascendía el propio sonido. Pitágoras, mago de los números, señor de sus misterios, establecía proporciones entre distancias y sonidos.
En muchas culturas la misma metáfora se extiende: El Cosmos es una creación divina que conmina al espacio y al tiempo a ceñirse a los límites de la armonía musical (o sonora).
La clave del pensamiento sonoro de la Grecia antigua proviene de su creencia en que el esqueleto del Universo era de madera y por lo tanto su vibración debía de producir inevitablemente un sonido.
El birimbau de Nana Vasconçelos
Una canción a dúo entre Caetano Veloso y Cesarea Evora.
Alberga la música un largo aliento de epopeya.
Leyendo el artículo Energía oscura de la revista Investigación y Ciencia del mes de junio de 2009, se me ocurre pensar si esta energía oscura no será la armonía universal.
Habla Ramiro de Andrés de la relación entre Orfeo y Cristo y comenta un pasaje de San Clemente de Alejandría en el que dice, La lira es el madero de la cruz en la cual murió Cristo.
En uno de los mitos de Orfeo, Las Ménades descuartizan su cuerpo. Su cabeza llega a las aguas del río Hebrón y mientras flota en ellas canta.
En su viaje con los argonautas referido en las Argonaúticas órficas, Orfeo acude a sus cantos para sortear los temibles obstáculos. En ella se puede leer:
Yo, entonces, le saqué un don divino a mi lira,
y de la última cuerda obtuve un matiz grave,
mientras de mis labios salía, quedamente,
un cántico imperceptible. Alabé al Sueño,
de los dioses soberano y de los hombres,
para que apaciguara el ánimo violento del dragón.
La música es el corazón de las cosas (Nietzsche)
Comenta Joscelyn Godwin acerca del Arqueómetro (Paris, 1909) de Saint Yves-d'Alveydre: El arqueómetro es un diagrama que relaciona tonos con colores, números y las letras de varios alfabetos, y que supuestamente proporciona las claves de todas las ciencias y las artes; es una de las grandes síntesis herméticas del fin-de-siècle
En muchas culturas la misma metáfora se extiende: El Cosmos es una creación divina que conmina al espacio y al tiempo a ceñirse a los límites de la armonía musical (o sonora).
La clave del pensamiento sonoro de la Grecia antigua proviene de su creencia en que el esqueleto del Universo era de madera y por lo tanto su vibración debía de producir inevitablemente un sonido.
El birimbau de Nana Vasconçelos
Una canción a dúo entre Caetano Veloso y Cesarea Evora.
Alberga la música un largo aliento de epopeya.
Leyendo el artículo Energía oscura de la revista Investigación y Ciencia del mes de junio de 2009, se me ocurre pensar si esta energía oscura no será la armonía universal.
Habla Ramiro de Andrés de la relación entre Orfeo y Cristo y comenta un pasaje de San Clemente de Alejandría en el que dice, La lira es el madero de la cruz en la cual murió Cristo.
En uno de los mitos de Orfeo, Las Ménades descuartizan su cuerpo. Su cabeza llega a las aguas del río Hebrón y mientras flota en ellas canta.
En su viaje con los argonautas referido en las Argonaúticas órficas, Orfeo acude a sus cantos para sortear los temibles obstáculos. En ella se puede leer:
Yo, entonces, le saqué un don divino a mi lira,
y de la última cuerda obtuve un matiz grave,
mientras de mis labios salía, quedamente,
un cántico imperceptible. Alabé al Sueño,
de los dioses soberano y de los hombres,
para que apaciguara el ánimo violento del dragón.
La música es el corazón de las cosas (Nietzsche)
Comenta Joscelyn Godwin acerca del Arqueómetro (Paris, 1909) de Saint Yves-d'Alveydre: El arqueómetro es un diagrama que relaciona tonos con colores, números y las letras de varios alfabetos, y que supuestamente proporciona las claves de todas las ciencias y las artes; es una de las grandes síntesis herméticas del fin-de-siècle

Arqueómetro de Saint Yves-d'Alveydre
Ensayo
Tags : Sobre la música Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/06/2009 a las 14:52 |
En las tierras sur-occidentales de Europa, en las actuales Portugal y España, convivieron hace muchos siglos tres civilizaciones: la árabe, la judía y la cristiana entre guerras y paces, entre tolerancias y razzias, entre acuerdos y traiciones. Durante cientos de años estas tres culturas mantuvieron ciertos equilibrios que obligaron a la relación. Entrado ya el siglo XV una de las civilizaciones había alcanzado una supremacía estable sobre las demás, la cristiana. Entre los siglos XVI y XVII las otras dos culturas fueron expulsadas de España. La judía llevaba en la península desde antes del diluvio universal, la árabe estuvo desde el siglo VII d.c.
No tengo ahora los libros para su consulta con lo cual será más un placer de artificio que una verdad histórica (o documental) lo que narre.
A veces uno mismo es su propio inquisidor. Mi inquisidor pone como límite la verosimilitud (que etimológicamente es símil de verdad lo que encierra al mismo tiempo una curiosísima paradoja. Lo similar no es lo auténtico) y así quisiera esbozar una historia de las historias que a mí me quedan en la memoria. Cuando empiezo a escribir me vienen a la cabeza nombres de autores, Llorente, Caro Baroja, Henry C. Lea, Marcelino Menéndez Pelayo y entre todos Américo Castro uno de los historiadores y filólogos más bellos que yo he leído, un hombre que en su forma de narrar deja correr al mismo tiempo toda la pasión y toda la ciencia que posee y que además tiene una idea de la Historia porque al fin y al cabo no se tiene más que ideas o interpretaciones de cualquier historia. Américo Castro no la esconde amparándose en una supuesta objetividad documental (lo documentos también se interpretan) sino que la muestra audaz y consciente.
Algo así quisiera, desde la literatura, inventar sobre lo recordado. La inquisición entonces... seguiré en ella.
España en su historia: Cristianos, Moros y Judíos. Américo Castro. Editado por Mondadori.
No tengo ahora los libros para su consulta con lo cual será más un placer de artificio que una verdad histórica (o documental) lo que narre.
A veces uno mismo es su propio inquisidor. Mi inquisidor pone como límite la verosimilitud (que etimológicamente es símil de verdad lo que encierra al mismo tiempo una curiosísima paradoja. Lo similar no es lo auténtico) y así quisiera esbozar una historia de las historias que a mí me quedan en la memoria. Cuando empiezo a escribir me vienen a la cabeza nombres de autores, Llorente, Caro Baroja, Henry C. Lea, Marcelino Menéndez Pelayo y entre todos Américo Castro uno de los historiadores y filólogos más bellos que yo he leído, un hombre que en su forma de narrar deja correr al mismo tiempo toda la pasión y toda la ciencia que posee y que además tiene una idea de la Historia porque al fin y al cabo no se tiene más que ideas o interpretaciones de cualquier historia. Américo Castro no la esconde amparándose en una supuesta objetividad documental (lo documentos también se interpretan) sino que la muestra audaz y consciente.
Algo así quisiera, desde la literatura, inventar sobre lo recordado. La inquisición entonces... seguiré en ella.
España en su historia: Cristianos, Moros y Judíos. Américo Castro. Editado por Mondadori.
Ensayo
Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 01/05/2009 a las 19:34 |

San Agustín en su tratado sobre la música le pregunta a su discípulo, ¿Qué es la música? Y el discípulo le contesta, No me atrevo a responder.
En la Tablilla VIII del Poema de Gilgamesh, el héroe, al perder a su amigo Enkidu quiere ofrecerle una flauta coralina mientras se lamenta de que su amigo ya no le pueda oír.
¡Amigo mío, mulo errante,
onagro montaraz, pantera de la estepa;
Enkidu, amigo mío, mulo errante,
onagro montaraz, pantera de la estepa!
¡Fuimos a una y escalamos [la montaña];
capturamos el Toro del Cielo [y lo matamos];
abatimos a Humbaba,
[que vivía] en el Bosque de los Cedros!
Y ahora, ¿qué sueño te ha arrebatado
para que en ti te hayas perdido
y ya no me oigas?
Libro tibetano de los muertos: en el momento de la muerte, cuando todavía la conciencia del fallecido deambula por el canal central del sistema nervioso, se deberá repetir una oración al recaudo de su oído con la finalidad de implantarla en su mente.
Según Ramón Andrés en su libro El Mundo en el Oído, editado por Acantilado, el que conocemos como Libro Tibetano de los Muertos, cuya denominación le fue dada por su primer editor W.Y. Evans-Wentz en 1927, tiene, sin embargo, un título original muy revelador: Bardo Todol (bar.do' i.thos.grol), esto es, Liberación por audición en el estado intermedio
El sonido es un espacio. La música propone un orden a ese espacio.
En la Tablilla VIII del Poema de Gilgamesh, el héroe, al perder a su amigo Enkidu quiere ofrecerle una flauta coralina mientras se lamenta de que su amigo ya no le pueda oír.
¡Amigo mío, mulo errante,
onagro montaraz, pantera de la estepa;
Enkidu, amigo mío, mulo errante,
onagro montaraz, pantera de la estepa!
¡Fuimos a una y escalamos [la montaña];
capturamos el Toro del Cielo [y lo matamos];
abatimos a Humbaba,
[que vivía] en el Bosque de los Cedros!
Y ahora, ¿qué sueño te ha arrebatado
para que en ti te hayas perdido
y ya no me oigas?
Libro tibetano de los muertos: en el momento de la muerte, cuando todavía la conciencia del fallecido deambula por el canal central del sistema nervioso, se deberá repetir una oración al recaudo de su oído con la finalidad de implantarla en su mente.
Según Ramón Andrés en su libro El Mundo en el Oído, editado por Acantilado, el que conocemos como Libro Tibetano de los Muertos, cuya denominación le fue dada por su primer editor W.Y. Evans-Wentz en 1927, tiene, sin embargo, un título original muy revelador: Bardo Todol (bar.do' i.thos.grol), esto es, Liberación por audición en el estado intermedio
El sonido es un espacio. La música propone un orden a ese espacio.
Ensayo
Tags : Sobre la música Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 23/04/2009 a las 09:39 |
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Ensayo
Tags : Archivo 2009 Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 22/06/2009 a las 13:26 |