Desde lo alto, lo muy alto, lo que parece ser altura de los Dioses, los Celestiales, me asomo a mi interior y descubro que al fin entendí que vivir era esto.
Desde esa altura, ni un centímetro más ni uno menos, he descubierto que no puede existir una estatua de la Libertad. Se equivocaban Bartholdi e Eiffel. La libertad nunca, jamás podrá ser piedra y metal. Sólo la materia del agua podría materializarla; un agua sometida al influjo de la luna; un agua con un alto contenido en sal; sólo el mar puede sugerir la materia de la libertad, sólo el mar.
Desde esa altura precisa he descubierto también que el drama de la libertad es el mal y aún así, he concluido, debemos vérnosla con ella; debemos conquistarla y al someterla extirpar su cáncer.
Poco tiempo después me quedé dormido y en el sueño volví a las ciudades de occidente y pedí en un puesto callejero una ensalada de wakame.
Será el camino, el que nos lleva al Valhala donde no hay luz, ni profundidad.
Un mundo así carecería de dimensiones. Seguro que entonces podré entregarme a los Infernales para que me mezan con la versión de un tema de Vinicious de Moraes.
No es Orfeo quien me inspira, ni Homero, ni sus Musas; me inspira la hija que desapareció bajo su ansiedad un día de marzo en la ciudad de Salem en el Estado norteamericano de Oregon.
¡Ojala vuelvas, muchacha perdida! ¡Ojalá vea tu sonrisa que aparece en lo alto del camino, allá donde se reúnen los Celestiales! Hija mía, a la que no dejé en el santuario de Diana en la ciudad de Tauris para poder ganar yo una guerra causada por la belleza. Que no, que ése no fui yo. Lo diga Agamenón o su porquero.
Se desquitará en enero. Así lo ha decidido mientras pela cebollas para hacer nanas y poder llorar a gusto sin tener que dar explicaciones. Sí, sí, explicaciones -masculla por lo bajo como hacen las personas que viven solas el mundo y que a él se enfrentan solas-, ¿por qué habrá que dar explicaciones? ¿Por qué tantas veces ve llorar la alegría? Porque la alegría -masculla en su sencillo discurrir- no se llora, se ríe.
Mira la cazuela. Mira el fuego que ella ha hecho con sus manos y masculla, ¿Por qué se nos compara con serpientes? ¿Por qué nos temen?
El día parecía que iba a ser bueno. No ha sido así: atiza el frío, sopla el viento y a lo lejos parecen venirse racimos de nubes preñadas de jugo. Sangre debería llover -masculla-. Sangre de hembra debería caer -masculla- mezclada con escamas de serpiente. Así se dice cuando echa las cebollas en la cazuela y deja que empiecen a cocerse mientras ella se dirige a la mesa de mármol de la cocina donde le espera, sin pelo, una cabeza de jabalí.
No, no son nuestros pechos, no es nuestra voz ni son nuestras manos, ni es el lugar desde el que nace el mundo. Esos accidentes del cuerpo son sólo la apariencia de algo que permanece intacto desde que nos erguimos: nosotras creamos -cocida a fuego muy lento- la idea de individuo.
Que se cueza el mundo. Que se cueza ya tenga yo la piel del armadillo o la de una yegua alazana. Lágrimas de cebolla. Quizá cuando llegue mayo haga una olla podrida.
Iba por el camino. Lo he pensado. Son largos los caminos y los pensamientos se hacen largos. He considerado. He llegado hasta una cima. Montañas al fondo. Desde allí, como si de repente la encontrara, he saludado a Caroline. Bonjour, Caroline! El mundo devastado no existe tan arriba, donde hay tanto silencio y tanta vida. El mundo devastado siempre es el infierno y hasta ese otro tipo de infierno que es el Hades en lo profundo está, hay que descender para llegar hasta él. Por eso quizá Petrarca en el Mont Ventoux intuyó el Renacimiento. Desde las cimas...
Hay que andarse con cuidado en estos tiempos. Lo dice el aire que respiramos. Lo dice esa calma tensa, esa mar de fondo que parece cercar todas las costas; todo en cualquier punto del planeta... como si un gran avispero hubiera sido destapado y de él, desde las profundidades de cualquier idea de infierno, salieran a borbotones, a miles, a millones, avispas y más avispas y más avispas.
El día es hermoso y terrible. Cada vez profundizo más en la comprensión real de la idea de que el tiempo no existe como dimensión sino como destino. Lo que lo científico, como forma de interpretación del mundo en todo mensurable, llama tiempo es para otras formas racionales de interpretación del mundo -Goethe, su Fausto- la idea de destino. Escribo: araño la posibilidad de alcanzar una interpretación verosímil de este axioma de Spengler.
Hay muchas guerras.. ¡Qué bueno sería un poco de silencio y vida!.. una cima...
No sólo es la historia dinámica... Herder zarpa y con él se diría que se gesta... No es el individuo... se sea individuo si realmente es posible que se sea... No es sólo atreverse al mar y mirar el abismo. También es la fe abramánica en la posibilidad del amor.
Podría darse una distorsión cuántica que variara el curso de los destinos.
También se podrá afirmar: en nuestra física decir lo horizontal absoluto o lo vertical absoluto en un eje de abscisas y ordenadas, no tiene sentido.
Transgredir la sintaxis.
Ensayar como juego.
Estos idus de marzo cumplieron con su dios.
...los álamos.
La calavera que ha nacido de la búsqueda en el claroscuro.
Irse muy lejos.
Volver...
Hay que detenerse
Buscar las pelotas que se sumen por sumideros por los que el agua se asilvestra
[sin saberlo...
La física
del pezón en invierno...
No llego más allá
No es el próximo minuto
Sería, quizá, un instante más de madera...
lo que no queda del dórico
Hurgar
Sacudirse...
Los últimos vientos resultaron
rojizos
Más allá,
más, más allá...
menos aquí,
menos, menos aquí
Fue sólo la silueta
(también silueta la primera sensación de su mano)
su tacto en mi pubis
tan cercano al canto...
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Ensayo poético
Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 29/04/2022 a las 18:38 |