Toma su mano y pide perdón. Él le dice, No creo en el perdón. Le responde, Aunque no creas, perdóname. Él le agarra la cara con ambas manos y le dice, No hay perdón. Nunca habrá perdón. Jamás te perdonaré. De ahora en adelante te seguiré mirando, hablaré contigo, seré tu amigo, seré, si lo necesitas, tu paño de lágrimas, hablaremos de aquello, cuantas veces quieras, pero no te puedo perdonar. Él responde, ¿Cómo es posible que seas tan terco? ¿Es ira lo que tienes?, No -responde- es tiempo lo que tengo. Todo el tiempo que me robó tu error. Eso no se puede perdonar. Eso no hay perdón que lo perdone, Pero entonces -sigue el que agravió- no hay salida. Siempre seré culpable, ¡Oh -responde el agraviado- que antiguo es todo! Culpable. ¡De qué cojones hablas! ¿Tú no conoces el nacimiento de una estrella? ¿No sabías el milagro galáctico de que estemos hablando tú y yo? ¿De qué culpa me hablas? Vete tranquilo. No te perdono porque es imposible, sólo por eso, el perdón es un intercambio que olvida la variable del presente en que sucedió el hecho y los tiempos de dolor que siguieron. Así es que, ven, abrázame, ¿Abrazarte? ¿Cómo te voy a abrazar si no me das tu perdón? Así siempre estaré en deuda contigo. Una deuda que yo buscaba con tu perdón que se pagara, No hay deuda, no hay pago, no hay perdón. Lo que pasó, pasó, Si no me perdonas no volverás a verme, Entonces, adiós.
He visto la ladera Mundo y me estremece la murria de un cordero que anda degollado en busca de su madre (porque el cordero fue degollado nada más nacer. Dice un cantar popular de Boyacá de Colombia: Yo no sé dónde nací,/ ni sé tampoco quién soy./ No sé de dónde he venío/ ni sé para dónde voy.// Soy gajo de árbol caído/ que no sé dónde cayó./ ¿Dónde estarán mis raíces?/ ¿De qué árbol soy rama yo?//. Fue degollado el cordero bajo la umbría de un sol, a la verita de un río, solitario su candor) . He visto la ladera Mundo y he escuchado de una vieja una oración. Estaba la vieja sentada sobre un hito del camino, cantaban las chicharras su ardor y la vieja se dormía en su propia oración. He visto la ladera Mundo y he leído en la piel de Dios -que así llamaban los indios chiriguanos al papel- que en otros pueblos se propagan los ecos, palabras que se hacen alaridos; y frailes y capitanes ruedan en sangre. Y en la ladera me he recostado. Mi espalda recostada. Mis enormes omóplatos sobre la piedra caliente, la piedra granítica, granito y radón. Y en la ladera he soñado el perdón y era el perdón una dama que llevaba prendida en el cabello una flor y en la mano izquierda me tendía una pieza de algodón y en la derecha portaba el cetro de algún reino en el que reinó; y era la su cara seria y eran los sus ojos verdes y era la su boca ancha y eran los sus dientes blancos de nácar blancos, de perlas sus dientes blancos, marinos sus dientes eran, sus dientes de mar océana. Y los senos del perdón lucían pezones de aguamarina. Y el sexo se abría en cuentos al compás de chirimías. Y así soñé yo en la ladera Mundo una suerte de perdón. Yo he visto la ladera Mundo preñada de trigo justo antes de la siega. Y he visto la hoz. Y he visto el martillo. Y he visto el terror en los bordes de un yunque, en la fragua de Vulcano, el Dios cojo, al que los griegos llamaron Hefesto y a quien Afrodita engañó y luego engañó de nuevo cuando Venus se llamó. Como también fue cojo Jesucristo y fue Judas quien lo descoyuntó, bajo el árbol saúco, para que cumpliera su sino de Salvador. En la ladera Mundo desperté al levantarse Luna de sus amores con Sol. Blanca estaba la muchacha con manchas de su pasión y bostezaba muy fuerte, tanto que el cielo tronó y Sol rió con la fuerza de la hoguera y su pasión. En la ladera me he de quedar, mientras cuido del acéfalo cordero y miraré su cima y vigilaré sus sendas y dormiré bajo piedras y me acurrucaré en ellas. En la ladera Mundo digo. En la ladera occidente Mundo digo. Para ubicarme digo, yo que no sé dónde nací,/ ni sé tampoco quién soy./ No sé de dónde he venío/ ni sé para dónde voy.//
(Piensa el hombre que está apoyado en la farola):
Mantenido en este alambre me ha nacido el vómito con sangre. ¿Por qué me he tapado la boca con la mano? ¿Por discreción? ¿Por la repulsión de los otros? ¿Cuándo empezó este venirse abajo? ¿Estos pulmones que empiezan a despedirse del aire? ¿A quién se lo diré? ¿Mantendré la dignidad ante el médico de turno? ¿Querré que ese médico simpatice conmigo? ¿Querré que haga suya mi enfermedad? ¿Le preguntaré sobre la agonía? ¿Aceptaré el tratamiento? ¿Cómo pasaré las horas en el hospital? ¿Tendré fiebre? ¿Me dolerá el cuerpo? ¿Dormiré mucho? ¿Cuánto tardaré en volver a estar apoyado en esta farola? ¿Volveré a estar apoyado en esta farola? ¿Piensa esta farola?
(Piensa la farola en la que está apoyado el hombre):
Hierro. Calambre. Altura. Dar el paso. Desarraigarme. Pedestal. Plaza. No me manche. Yo recuerdo a un niño que corrió hacia mí sin saber que era dura y al golpearse contra mi fuste y al prorrumpir en llanto, hice un esfuerzo sobrefarolero y quise encenderme como si fuera un milagro. Vi de lejos -aún con la bombilla apagada- cómo la madre se acercaba y en su gesto adiviné la tensión de la carne en el aire que penetra la materia blanda. A mis pies cogió al niño en sus brazos. Apoyada en mí limpió la sangre de la nariz del niño. Luego se quedó callada, apoyada en mí, abrazando al niño.
(Piensa la mujer apoyada en la farola con su hijo en brazos):
No debí dejarlo correr. Nunca, nunca más te dejaré correr. Te llevaré siempre a mi lado, cogida tu mano. No sé cómo ha podido pasar. No sé cómo me interesaba más la estupidez que escuchaba que la carrera de mi hijo. ¿Qué es un hijo? ¿Cuál es la naturaleza de este amor? ¿Qué significa esa palabra? ¿Cómo se podría definir con lenguaje el sentimiento de angustia y alegría que a un mismo tiempo circula por mi cuerpo cuando decidio que he de dejar a mi hijo que camine solo, solo por el mundo, solo por este mundo? ¿Qué será al verle crecer? ¿Cómo seré capaz de enseñarle a que se vaya? ¿Y cuando lo haga? ¿Cómo le veré marchar? ¿Cómo es posible no amar -sea lo que sea ese amar- a un ser que apenas sabe correr y que se extraña con la dureza en su nariz del material con que esta hecho este objeto que no sabe ni siquiera cómo se llama? ¿Habrá hecho la relación entre farola/correr/golpe/sangre/dolor en la nariz? ¿Ha funcionado esa electricidad? ¿La sangre está taponando ya la herida? ¿Los leucocitos están luchando ya? ¿Le evitarán la infección?
(Piensa el niño en los brazos de su madre mientras toca fascinado el metal de la farola):
Cuando sea grande vendré a por ti. Sabré acercarme. Vendré solo. Mamá no lo sabrá. Caminaré despacio, armado con mi inteligencia y te prometo que no te tendré miedo. Mira, haré lo siguiente: te rodearé, te estudiaré, te abrazaré, te escalaré, llegaré hasta lo más alto de ti, te encenderé, te haré caminar sobre el asfalto y tu luz nos guiará hacia el mar y cuando lleguemos, derramando luz a nuestro paso, te pondré el flotador, te tumbaré con cuidado, te fletaré sobre las aguas del mar y subido en ti, agarrado a ti, sin dolor, te haré navegar hasta el siguiente continente y allí conquistaremos el encuentro entre el mineral y el hombre.
Cuando cae la noche y la cabeza de la farola se ilumina, todo está desierto; es una farola de polígono industrial y centros comerciales, a las afueras de la gran ciudad; un espacio diurno; tan sólo los fines de semana se acercan por la noche amantes borrachos que se besan bajo su luz, jóvenes drogados y algún lunático que canta extrañas canciones venidas de muy lejos. Hoy es lunes y la soledad es absoluta, el último vestigio de vida pasó hace ya horas, fue una mujer en bicicleta. Quieta y hermosa la farola ilumina nada. Poco a poco van llegando hacia su círculo de luz un pie y un trébol. El trébol va montado en el empeine del pie. Es un trébol de tres hojas. No tiene nada de especial. El pie es largo y estrecho. Sus uñas estás perfectamente cortadas y camina con un ritmo justo, como si fuera el pie de un ángel. Al llegar al círculo de luz de la farola se detienen y parecen descansar. El trébol se estira. El pie se relaja. La farola los mira con cierta sorpresa.
(Piensa la farola con el pie y el trébol apoyados en su base):
Parecen fugitivos.
(Piensa el trébol bajo el círculo de luz) :
Un poco de luz me vendrá bien.
(Piensa el pie apoyado en la base de la farola):
¡Qué frescos el hierro y la vejez!
Mantenido en este alambre me ha nacido el vómito con sangre. ¿Por qué me he tapado la boca con la mano? ¿Por discreción? ¿Por la repulsión de los otros? ¿Cuándo empezó este venirse abajo? ¿Estos pulmones que empiezan a despedirse del aire? ¿A quién se lo diré? ¿Mantendré la dignidad ante el médico de turno? ¿Querré que ese médico simpatice conmigo? ¿Querré que haga suya mi enfermedad? ¿Le preguntaré sobre la agonía? ¿Aceptaré el tratamiento? ¿Cómo pasaré las horas en el hospital? ¿Tendré fiebre? ¿Me dolerá el cuerpo? ¿Dormiré mucho? ¿Cuánto tardaré en volver a estar apoyado en esta farola? ¿Volveré a estar apoyado en esta farola? ¿Piensa esta farola?
(Piensa la farola en la que está apoyado el hombre):
Hierro. Calambre. Altura. Dar el paso. Desarraigarme. Pedestal. Plaza. No me manche. Yo recuerdo a un niño que corrió hacia mí sin saber que era dura y al golpearse contra mi fuste y al prorrumpir en llanto, hice un esfuerzo sobrefarolero y quise encenderme como si fuera un milagro. Vi de lejos -aún con la bombilla apagada- cómo la madre se acercaba y en su gesto adiviné la tensión de la carne en el aire que penetra la materia blanda. A mis pies cogió al niño en sus brazos. Apoyada en mí limpió la sangre de la nariz del niño. Luego se quedó callada, apoyada en mí, abrazando al niño.
(Piensa la mujer apoyada en la farola con su hijo en brazos):
No debí dejarlo correr. Nunca, nunca más te dejaré correr. Te llevaré siempre a mi lado, cogida tu mano. No sé cómo ha podido pasar. No sé cómo me interesaba más la estupidez que escuchaba que la carrera de mi hijo. ¿Qué es un hijo? ¿Cuál es la naturaleza de este amor? ¿Qué significa esa palabra? ¿Cómo se podría definir con lenguaje el sentimiento de angustia y alegría que a un mismo tiempo circula por mi cuerpo cuando decidio que he de dejar a mi hijo que camine solo, solo por el mundo, solo por este mundo? ¿Qué será al verle crecer? ¿Cómo seré capaz de enseñarle a que se vaya? ¿Y cuando lo haga? ¿Cómo le veré marchar? ¿Cómo es posible no amar -sea lo que sea ese amar- a un ser que apenas sabe correr y que se extraña con la dureza en su nariz del material con que esta hecho este objeto que no sabe ni siquiera cómo se llama? ¿Habrá hecho la relación entre farola/correr/golpe/sangre/dolor en la nariz? ¿Ha funcionado esa electricidad? ¿La sangre está taponando ya la herida? ¿Los leucocitos están luchando ya? ¿Le evitarán la infección?
(Piensa el niño en los brazos de su madre mientras toca fascinado el metal de la farola):
Cuando sea grande vendré a por ti. Sabré acercarme. Vendré solo. Mamá no lo sabrá. Caminaré despacio, armado con mi inteligencia y te prometo que no te tendré miedo. Mira, haré lo siguiente: te rodearé, te estudiaré, te abrazaré, te escalaré, llegaré hasta lo más alto de ti, te encenderé, te haré caminar sobre el asfalto y tu luz nos guiará hacia el mar y cuando lleguemos, derramando luz a nuestro paso, te pondré el flotador, te tumbaré con cuidado, te fletaré sobre las aguas del mar y subido en ti, agarrado a ti, sin dolor, te haré navegar hasta el siguiente continente y allí conquistaremos el encuentro entre el mineral y el hombre.
Cuando cae la noche y la cabeza de la farola se ilumina, todo está desierto; es una farola de polígono industrial y centros comerciales, a las afueras de la gran ciudad; un espacio diurno; tan sólo los fines de semana se acercan por la noche amantes borrachos que se besan bajo su luz, jóvenes drogados y algún lunático que canta extrañas canciones venidas de muy lejos. Hoy es lunes y la soledad es absoluta, el último vestigio de vida pasó hace ya horas, fue una mujer en bicicleta. Quieta y hermosa la farola ilumina nada. Poco a poco van llegando hacia su círculo de luz un pie y un trébol. El trébol va montado en el empeine del pie. Es un trébol de tres hojas. No tiene nada de especial. El pie es largo y estrecho. Sus uñas estás perfectamente cortadas y camina con un ritmo justo, como si fuera el pie de un ángel. Al llegar al círculo de luz de la farola se detienen y parecen descansar. El trébol se estira. El pie se relaja. La farola los mira con cierta sorpresa.
(Piensa la farola con el pie y el trébol apoyados en su base):
Parecen fugitivos.
(Piensa el trébol bajo el círculo de luz) :
Un poco de luz me vendrá bien.
(Piensa el pie apoyado en la base de la farola):
¡Qué frescos el hierro y la vejez!
Se escucha. No lo pronuncies. No aconsejaría nunca. No me atrevo ni conmigo. Me lo ha recordado la niebla esta mañana. Al levantarme aún no había amanecido y mientras me hacía el café escuchaba. Ayer también se sucedieron los asuntos. La niebla hoy (al vestirlo todo turbio; la niebla que obliga a mirar de cerca; la niebla que es agua suspendida -y densa- ; la niebla que tiene otras palabras como nebladura o camanchaca o cejo o dorondón; la niebla que me recuerda a Jack el destripador) prolongaba cierto grado de estupidez que atesoro. Luego he pensado si veía demasiado la televisión. Me he tomado el café. Nilo y yo hemos salido a dar el paseo justo cuando la luz amanecía. Caminábamos entre jirones de algo. Nilo se volvía más que de costumbre. Hemo ido por la calle Bonita y nos hemos despistado con un matojo de hierbas. Nos hemos quedado quietos, mirándonos, sintiendo ambos la humedad en los huesos, la dificultad del tiempo para atravesar la niebla; nos hemos puesto en marcha y Nilo ha movido el rabo y al sentir cómo el aire penduleaba tras de sí, se ha puesto a dar saltos y a gruñir. Más tarde lo he de dejado en casa y tomado el coche. Todo era más difícil. Los campos de Castilla. La sierra de Guadarrama. Lo abromado. Se empañaba el aire frente a mí mientras me concentraba en las líneas (como una sugerencia al mundo he pensado tos ferina y sarampión y palabras relacionadas con la necedad como badulaque, zolocho, gansada, meliloto y he terminado esta serie -sin saber por qué- con una sensación cordial). En la amalgama gris de la mañana lo he escuchado y me he dicho, Escucha y no pronuncies. He sabido la teoría del tobogán (la cual he inventado en el momento) y he supuesto una alta montaña, dos piolets y una cuerda larga como el axis mundi. Nerviosamente he dado un suave volantazo. De inmediato he recordado el nacimiento de mi hija. La obstinación me ha empujado a seguir. He mirado el arcén. He pensado el triángulo y he supuesto una llamada que todo lo aclaraba (también la niebla). Tienes que seguir hacia delante, me he dicho. La imperfección lo es todo, me he dicho. Y luego dentro de un banco inmenso de niebla dura he repetido hasta casi enronquecer ¡Sotreta! Tan sólo he logrado calmarme cuando he recordado una frase de una novela de Gabriel García Márquez. Sí, la frase, Alguien apagó la luna. Estaba llegando. De nuevo lo he escuchado. De nuevo me he dicho, No lo pronuncies. La magnitud del tiempo se había quedado corta porque de repente estaba mirando a Nilo, en la esquina de calle Bonita. Nada de lo escrito había ocurrido aún y nunca podré asegurar si ocurrió realmente porque ahora es la tarde y la niebla ha levantado.
13 de enero de 1966
En el circuito cerrado de la sangre del paciente en la cama 6 de la sala 4ª del piso 3º, la muerte ha entrado. Ese hombre va a morir y no lo sabe. El jefe de planta doctor J., nos ha prohibido a todo el personal médico y auxiliar que en ningún caso se le diga a paciente alguno que la esperanza ya no existe. Yo miro al hombre cuando le pongo la cuña y no puedo evitar pensar mientras observo, por el rabillo del ojo, el esfuerzo que comienza a hacer para defecar, que esos excrementos son sus últimos excrementos, que ese esfuerzo es de sus últimos esfuerzos y que esa vergüenza que siente por cagar en la sala, impedido como está para levantarse, y la que sentirá más tarde cuando vuelva para retirarle la cuña y limpiarle, debería gozarla porque apenas le queda tiempo para sentirla; la muerte se une en esta mañana de enero con la vida que late en mí. Sé que estoy embarazada y sé que voy a abortar. Dos muertes se unen. Me gustaría decirle al paciente de la cama 6: Escucha, amigo, tú has vivido. Estuviste paseando cogido de la mano de tu padre por algún parque; viste el mar; viste pájaros y los escuchaste cantar; además has tenido hijos que no te quieren mucho, que se sienten aburridos e incómodos cuando vienen a las horas preceptivas de visita; tuviste un trabajo; tuviste aficiones; fuiste consciente de ti; en cambio el ser que empieza a latir en mis entrañas nunca verá la faz del mundo; para él todo será mi interior; si pensara creería que es pez, se llamaría a sí mismo pez; el ser que hay en mí no caminará sobre sus piernas ni abrirá sus ojos al mundo y se sorprenderá con los payasos, no le gustarán los payasos como me gustan a mí. Así es que, paciente de la cama 6, no te quejes. Eso le diría si el jefe de planta no nos lo tuviera prohibido. Así es que al volver y recoger su cuña y asearle le hablo de que hoy tiene menos fiebre y eso suele ser una buena señal y él sonríe y me agradece que le hable y tenga la capacidad de no expresar con un gesto de asco o de náusea el olor hediondo que desprenden sus deposiciones. A la hora del almuerzo me encuentro con Danila. Estoy fumando y miro por la ventana. Es cierto que estoy pálida. Me pregunta qué me pasa. Le digo que estoy preñada. Danila me propone hablar fuera. Acepto. Me vendrá bien hablar. Además ella puede hacerme el legrado. Mejor en casa, pienso. Cuando salimos noto a Danila sensible con mi embarazo y cuando escribo sensible quiero decir casi cursi y si no escribo cursi desde el principio es porque el adjetivo no cuadra con Danila; antes de que pueda transmitirle mi decisión me hace saber que la tendré para lo que necesite, que ella será su segunda madre si hace falta; me dice que si U. no se quiere hacer responsable de la paternidad entre nosotras sabremos criarlo; luego pone un gesto triste y se calla algo y ese algo yo no quiero saberlo en ese momento por mucho que su gesto esté pidiendo a gritos que le pregunte. Miro el reloj. Le digo que tengo que subir. Me hace ver lo casual de que me haya tocado en la sala de prenatal justo cuando me he enterado de que estoy preñada; le contesto que le he pedido a nuestra jefa el traslado y me lo ha concedido; hubiera querido añadir que nunca estaré en esa sala, que jamás tendré hijos, que detesto a esos seres indefensos, aulladores y perdidamente enamorados y temerosos de sus mayores porque recuerdo lo mucho que me imponía mi padre, lo mucho que respetaba a mi madre, a ella que no sentía el más mínimo respeto por sí misma; porque sé que fuera como fuera el recién nacido, creería a lo largo de toda su vida deberme algo y yo no podría evitar ejercer ese poder sobre él; lo haría, sí, lo haría porque hay algo rematadamente humano en esa obediencia a los papeles: primero niña, luego joven, luego adulta, luego vieja, luego muerta y cuando niña obediente, cuando joven hembra, cuando adulta madre, cuando vieja abuela y cuando muerta difunta. Así es que he callado mis intenciones y he pensado durante un momento si sería capaz de hacerme el aborto yo misma; enfermar una semana; soportar el dolor; y también he pensado que no he pensado en U. para hacerlo, él que es médico; no he pensado en U. en ningún momento y por un instante ha sobrevolado en mi espinazo un arrebato de temor como si ese hombre pudiera convertirse del día a la noche en mi enemigo y he creído saber que los amores suelen tener esos desenlaces quizá por lo mucho que una se desnuda ante el otro.
Al volver a la sala 4ª del piso 3º me he acercado a la cama 6, el paciente tenía los ojos cerrados y espasmos en su respiración; le he puesto la mano en la frente, me he acercado a su oído y le he murmurado, Usted está a punto de morir. Si tiene algo que poner en orden hágalo. No diga que se lo he dicho, se lo negarán y a mí me buscará un problema.
Narrativa
Tags : Colección El mes de noviembre Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 25/12/2014 a las 18:41 |
Ventanas
Seriales
Archivo 2009
Escritos de Isaac Alexander
Fantasmagorías
Meditación sobre las formas de interpretar
Cuentecillos
¿De Isaac Alexander?
Libro de las soledades
Colección
Apuntes
Archivo 2008
La Solución
Aforismos
Haiku
Reflexiones para antes de morir
Recuerdos
Reflexiones que Olmo Z. le escribe a su mujer en plena crisis
Sobre las creencias
Olmo Dos Mil Veintidós
Listas
El mes de noviembre
Jardines en el bolsillo
Olmo Z. ¿2024?
Saturnales
Agosto 2013
Citas del mes de mayo
Marea
Sincerada
Reflexiones
Mosquita muerta
El viaje
Sobre la verdad
Sinonimias
El Brillante
No fabularé
Perdido en la mudanza (lost in translation?)
Desenlace
El espejo
Velocidad de escape
Derivas
Carta a una desconocida
Sobre la música
Biopolítica
Asturias
La mujer de las areolas doradas
La Clerc
Las manos
Tasador de bibliotecas
Ensayo sobre La Conspiración
Las homilías de un orate bancario
Las putas de Storyville
Archives
Últimas Entradas
Enlaces
© 2008, 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2015, 2016, 2017, 2018, 2019, 2020, 2021, 2022, 2023, 2024 y 2025 de Fernando García-Loygorri, salvo las citas, que son propiedad de sus autores
Narrativa
Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 17/03/2015 a las 19:19 |