A mi hermano Antonio

Mi madre, María Teresa, May para los amigos, termina de hacer el cocido y coloca en un plato el chorizo, la morcilla, el pollo y la carne de morcillo. Cuando lo voy a coger para llevarlo a la mesa me dice que no, que mejor lleve la sopa, que el plato quema mucho y que ella tras ponernos los paños calientes en las piernas de mi hermana y de mí cuando éramos niños, apenas siente el calor. Mi madre adora a sus nietos y sus nietos la adoran a ella. Mis tres hermanos Antonio, Lourdes y Alfonso también la adoran. Yo, aunque he mantenido con ella una relación más conflictiva, la quiero muchísimo y me hubiera gustado demostrárselo más veces.
La tía Isabel, mujer de mi tío Carlos, parece defenderse de su bonhomía con un carácter casi endiablado. Como toda persona buena que se defiende basta una caricia, una broma, una sonrisa para que toda su defensa se desmorone y surja lo que es: una mujer todo corazón como cuando éramos niños y junto al tío Carlos nos llevaban al monte del Pardo y en un lugar que llamábamos La Ponderosa, en memoria de una serie de televisión muy famosa en los '60 llamada Bonanza, nos hacía reír y se reía y parecía su risa una tormenta de verano.
Mi hermano Antonio, el mayor, se ha convertido con los años en un hombre bueno y tranquilo. No hay más que verle cómo se comporta con sus hijos Nacho y Álvaro y cómo ha asumido su papel de hermano mayor y todo lo que ello conlleva. Ayer me propuso ir con él a una casa que tienen en Auñón, en la provincia de Guadalajara, un lugar hermoso a los pies de la Alcarria. En el trayecto de ida fuimos hablando de asuntos banales. Luego vimos la semifinal del europeo de baloncesto y a la vuelta, aprovechando un atasco que se generó por generación espontánea en la carretera, mantuvimos una conversación muy hermosa, muy sentimental que me llevó a la cama con la grata sensación de sentirlo cerca.
Mi hermana Lourdes es un torbellino, siempre lo fue. Es una mujer bonita y optimista, algo ingenua quizá, que atesora una fuerza extraña la cual le permite afrontar la vida sin demasiados aspavientos. Madre de dos hijos estupendos, esposa de Juanjo un marido difícil con un corazón de chocolate. La risa de mi hermana contagiaría a un pelotón de fusilamiento y haría imposible que pudieran disparar.
Mi hermano Alfonso es el pequeño y el más grande. Desde un momento de nuestras vidas mantenemos una relación cortante, fría y áspera. No sé muy bien por qué. Tiene para mí grandes cualidades: es trabajador, bueno, deportista, sensible al arte y la literatura, gran cocinero –como nuestro padre- y un tío de sus sobrinos excelente. Quizás esa distancia entre nosotros venga dada porque nos parecemos en lo peor de nosotros mismos y quizá también en lo mejor.
Pilar, la mujer de mi hermano Antonio, es una de las personas más bellas que he conocido jamás tanto física como espiritualmente (si nos atenemos a la vieja dualidad humana). Desde que la conocí sentí por ella una gran admiración, sobre todo por su discreción, la cual se rompía en mil pedazos cuando nos emborrachábamos y entonces surgía (imagino que seguirá surgiendo) una mujer divertida, atrevida, una chiquilla con ganas de abrazar al mundo. Trabajadora incansable, gran compañera de mi hermano, hija de las de antes, madre de las de siempre.
Juanjo, el marido de mi hermana, es un clásico cascarrabias con el corazón más grande que quepa en un pecho. Porque cuando se habla de corazón grande se habla de hechos, de acciones, de generosidad y de coraje y todo eso le sobra y de nada de ello alardea.
A Nacho, el hijo mayor de Pilar y Antonio, le recuerdo de niño cuando jugaba a tirarme la pelota en el cuarto de Alfonso. Luego fue creciendo y se ha convertido en un chico alto, guapo y cariñoso quizá su cualidad (de las que conozco) más sobresaliente a una edad en la que uno no hace más que mirarse el ombligo.
Álvaro, el pequeño es, como se decía antes, una culebrilla. Hay que escucharle bien, hay que observarle bien. Tiene una mirada sobre las cosas muy particular y hay veces en que sus frases son sentencias ¡Ah, y su humor, su humor de niño!
Nicolás, el hijo mayor de Lourdes y Juanjo, trece años y un atolondramiento que lo hace entrañable. Me gusta cómo se relaciona con sus padres y con su abuela. Me gusta su risa. Me gusta su alegría de vivir. Y la verdad, me gustaría verle jugar un día al fútbol. Todos dicen que es un crack.
Paula, la menor, es como una muñeca de porcelana con una voz algo rota; esa distorsión crea en ella a un ser muy particular, muy rico, muy abrazable. Se me ocurre siempre que la veo el adjetivo pizpireta.
Violeta, la hija única de Concha y de mí, es la luz.
La tía Isabel, mujer de mi tío Carlos, parece defenderse de su bonhomía con un carácter casi endiablado. Como toda persona buena que se defiende basta una caricia, una broma, una sonrisa para que toda su defensa se desmorone y surja lo que es: una mujer todo corazón como cuando éramos niños y junto al tío Carlos nos llevaban al monte del Pardo y en un lugar que llamábamos La Ponderosa, en memoria de una serie de televisión muy famosa en los '60 llamada Bonanza, nos hacía reír y se reía y parecía su risa una tormenta de verano.
Mi hermano Antonio, el mayor, se ha convertido con los años en un hombre bueno y tranquilo. No hay más que verle cómo se comporta con sus hijos Nacho y Álvaro y cómo ha asumido su papel de hermano mayor y todo lo que ello conlleva. Ayer me propuso ir con él a una casa que tienen en Auñón, en la provincia de Guadalajara, un lugar hermoso a los pies de la Alcarria. En el trayecto de ida fuimos hablando de asuntos banales. Luego vimos la semifinal del europeo de baloncesto y a la vuelta, aprovechando un atasco que se generó por generación espontánea en la carretera, mantuvimos una conversación muy hermosa, muy sentimental que me llevó a la cama con la grata sensación de sentirlo cerca.
Mi hermana Lourdes es un torbellino, siempre lo fue. Es una mujer bonita y optimista, algo ingenua quizá, que atesora una fuerza extraña la cual le permite afrontar la vida sin demasiados aspavientos. Madre de dos hijos estupendos, esposa de Juanjo un marido difícil con un corazón de chocolate. La risa de mi hermana contagiaría a un pelotón de fusilamiento y haría imposible que pudieran disparar.
Mi hermano Alfonso es el pequeño y el más grande. Desde un momento de nuestras vidas mantenemos una relación cortante, fría y áspera. No sé muy bien por qué. Tiene para mí grandes cualidades: es trabajador, bueno, deportista, sensible al arte y la literatura, gran cocinero –como nuestro padre- y un tío de sus sobrinos excelente. Quizás esa distancia entre nosotros venga dada porque nos parecemos en lo peor de nosotros mismos y quizá también en lo mejor.
Pilar, la mujer de mi hermano Antonio, es una de las personas más bellas que he conocido jamás tanto física como espiritualmente (si nos atenemos a la vieja dualidad humana). Desde que la conocí sentí por ella una gran admiración, sobre todo por su discreción, la cual se rompía en mil pedazos cuando nos emborrachábamos y entonces surgía (imagino que seguirá surgiendo) una mujer divertida, atrevida, una chiquilla con ganas de abrazar al mundo. Trabajadora incansable, gran compañera de mi hermano, hija de las de antes, madre de las de siempre.
Juanjo, el marido de mi hermana, es un clásico cascarrabias con el corazón más grande que quepa en un pecho. Porque cuando se habla de corazón grande se habla de hechos, de acciones, de generosidad y de coraje y todo eso le sobra y de nada de ello alardea.
A Nacho, el hijo mayor de Pilar y Antonio, le recuerdo de niño cuando jugaba a tirarme la pelota en el cuarto de Alfonso. Luego fue creciendo y se ha convertido en un chico alto, guapo y cariñoso quizá su cualidad (de las que conozco) más sobresaliente a una edad en la que uno no hace más que mirarse el ombligo.
Álvaro, el pequeño es, como se decía antes, una culebrilla. Hay que escucharle bien, hay que observarle bien. Tiene una mirada sobre las cosas muy particular y hay veces en que sus frases son sentencias ¡Ah, y su humor, su humor de niño!
Nicolás, el hijo mayor de Lourdes y Juanjo, trece años y un atolondramiento que lo hace entrañable. Me gusta cómo se relaciona con sus padres y con su abuela. Me gusta su risa. Me gusta su alegría de vivir. Y la verdad, me gustaría verle jugar un día al fútbol. Todos dicen que es un crack.
Paula, la menor, es como una muñeca de porcelana con una voz algo rota; esa distorsión crea en ella a un ser muy particular, muy rico, muy abrazable. Se me ocurre siempre que la veo el adjetivo pizpireta.
Violeta, la hija única de Concha y de mí, es la luz.

El beso, sometido a la carnalidad, aumenta su capacidad de agua. Vaga entre los labios. Labios aún cerrados.
Al mirarse el beso se encendió en sus bocas.
Y se besaron.
¿Cuál es la intrahistoria del beso?
¿Cuándo se acercaron las primeras bocas en un ansia, enamorada y caníbal, de comerse con los labios al otro?
El beso escalofría el cráneo y pone en punta todo el vello de los brazos. El beso acusa su presencia en los pulmones. El beso detiene pesares y aligera pasiones. El beso hace soñar a los músculos de la boca que en ellos estriba la plenitud.
El beso largo, el beso con la lengua, el beso en cuya maniobra la lengua entra en la otra boca y juega con el paladar, con los dientes y con la parte posterior de las encías; el beso, cuya lengua llega hasta la campanilla, hace sonar en el cerebro de los amantes la música para violonchelo solo de Juan Sebastian Bach.
El beso largo. El beso tumbados en la cama. El beso a media luz. El beso con ganas.
Ese tiempo de beso que luego muestra sin recato su pasión en forma de enrojecimiento del contorno de los labios. Ese tiempo de beso en las bocas frescas, recién lavadas, con olor a hierbabuena, de salivas alegres que traspasan sus esencias como si se mudaran de casa. Ese tiempo de besos que es en realidad una larga cadena de besos más cortos, algunos muy cortitos, que van puntilleando el deseo del otro y van humedeciendo el cuerpo entero hasta que el sudor, el flujo, el semen, la sangre, la linfa y todo el medio interno se conjugan en una única dirección.
Bésame.
Al mirarse el beso se encendió en sus bocas.
Y se besaron.
¿Cuál es la intrahistoria del beso?
¿Cuándo se acercaron las primeras bocas en un ansia, enamorada y caníbal, de comerse con los labios al otro?
El beso escalofría el cráneo y pone en punta todo el vello de los brazos. El beso acusa su presencia en los pulmones. El beso detiene pesares y aligera pasiones. El beso hace soñar a los músculos de la boca que en ellos estriba la plenitud.
El beso largo, el beso con la lengua, el beso en cuya maniobra la lengua entra en la otra boca y juega con el paladar, con los dientes y con la parte posterior de las encías; el beso, cuya lengua llega hasta la campanilla, hace sonar en el cerebro de los amantes la música para violonchelo solo de Juan Sebastian Bach.
El beso largo. El beso tumbados en la cama. El beso a media luz. El beso con ganas.
Ese tiempo de beso que luego muestra sin recato su pasión en forma de enrojecimiento del contorno de los labios. Ese tiempo de beso en las bocas frescas, recién lavadas, con olor a hierbabuena, de salivas alegres que traspasan sus esencias como si se mudaran de casa. Ese tiempo de besos que es en realidad una larga cadena de besos más cortos, algunos muy cortitos, que van puntilleando el deseo del otro y van humedeciendo el cuerpo entero hasta que el sudor, el flujo, el semen, la sangre, la linfa y todo el medio interno se conjugan en una única dirección.
Bésame.
Sobre la catedral hay una cigüeña. Está haciendo un nido y mira hacia todos los lados como si esperara a alguien.
Giróvagos iban y volvían sobre sus pasos sin marearse nunca.
También un palomo se esconde bajo un coche.
El rastro del humo de un cigarrillo se quedó suspendido a la espera de que el sabueso de turno lo descubriera. Cuando ocurrió la estela del humo le llevó hasta el escenario del crimen.
La persiana no quiere subir por mucho que el hombre se empeñe en que suba hasta el final. El hombre tira de la correa y ésta, enfurecida, canta el Coro de los Esclavos.
Una hiena se ha puesto seria, ¡olé!
Las bailarinas, agarradas a la barra, se miraron de perfil su perfil. Estaban tan delgadas que el viento las traspasaba como los neutrinos atraviesan la tierra en su viaje a ninguna parte. La maestra ensaya un demi-plié y se parte la cadera.
El coro.
Levantisco el marinero miró el horizonte. La mar se había convertido en el mar. Quiso cantar para darse ánimos pero las olas le hicieron desistir. Rezó para encontrar la costa. Y la encontró.
En el salón de un olivar al que apodan de Castejón ensayan la lectura. Una vieja canción, algo sobre las mañanitas de abril. Ocurre así, lo juro, en el olivar al que llaman de Castejón.
El redoble dio fin e inicio en ese orden.
El pretérito imperfecto tiene enlazadas sus manos con la eternidad.
No, no voy a olvidarme del pretérito indefinido pariente de las madreselvas por parte de padre.
Atraída por la cálida voz de una mujer alemana viene por la montaña la manzana de Adán.
Peter Fox alegra si cliqueas sobre su nombre verde.
Joseph Adison parece un tipo curioso. Quizá se encontrara con Samuel Johnson por las calles de Londres cuando éste era aún un niño. Aunque ninguna referencia a este posible encuentro haya sido contada por Boswell en su Vida de Samuel Johnson.
Franck Guyon en su presentación del personaje lo muestra como un hombre de su siglo, enciclopédico, sagaz, casi pre-revolucionario: brillante estudiante en Oxford, viajero, poeta, autor teatral, hombre de Estado y creador o precursor de la crónica periodística actual aunque a este respecto hay algunos que otorgan semejante honor justamente a James Boswell. No entremos en controversias porque la razón, por lo menos en cuanto a cronología se refiere, cae del lado de Adison el cual junto con Richard Steele fundó en 1711 el periódico The Spectator mientras que Boswell publicó sus reportajes en la segunda mitad del mismo siglo.
Ces autres regards es el ensayo previo a la lectura de dos artículos de Adison. Franck Guyon con un texto ágil, interesantísimo, nos lleva por unos lugares que abren el apetito para leer a Adison en sus dos artículos sobre la disección: Précieux dont le crâne est disséqué y Coquette dont le coeur est anatomisé.
La traducción al castellano del término precieux no es fácil o se podría decir es delicada. Precieux, según Franck (el texto que se muestra es traducción del original inglés cuyo término a traducir al francés es beau) , ha de tomarse en el sentido moral de aquellas damas del siglo XVII que adoptaron una actitud novedosa y refinada con respecto a los sentimientos y con un lenguaje refinado (según definición del Petit Robert). A ellas dedica Moliére unas de sus obras, Les Précieuses ridicules. Bien, la traducción de precieux podría ser: Amanerado, afectado o (a Franck le parece sibilina y a mí, en castellano, me resulta graciosa) petimetre (en francés petit-maître). Por la parte alta de la estima se podría traducir precieux por el término inglés dandi pero entonces ¿por qué no poner el original inglés beau? Lo hermoso, en todo caso, es que el título en castellano puede ir, según mis escasos conocimientos, desde Petimetre cuyo cráneo está disecado hasta Dandi cuyo cráneo está disecado. Escribo dandi porque me parece la palabra más reconocible. En el diccionario de Julio Casares bajo el término Afectación aparece esta preciosa lista de adjetivos: Petimetre. Pisaverde. Lechuguino. Figurín. Virote. Gomoso. Paquete. Dandi. Niño gótico. Roto. Fifiriche. Caballerete. Currutaco. Dije.
El segundo título parece más sencillo de traducir, Coqueta cuyo corazón es diseccionado.. Estos títulos me recuerdan a los colores que escribí en Sensaciones los cuales no puedo ni siquiera describir porque nunca los vi. Son títulos (o nombres de colores) cuyo subtexto o cuya interpretación sugieren ya el ánimo a su lectura. Son títulos inteligentes.
Dos de las laminas del libro me parecen magníficas Wildes Herz de Birgit Dieker y una foto-fija de la película muda, en blanco y negro, K, de Jayne Parker.
Franck Guyon en su presentación del personaje lo muestra como un hombre de su siglo, enciclopédico, sagaz, casi pre-revolucionario: brillante estudiante en Oxford, viajero, poeta, autor teatral, hombre de Estado y creador o precursor de la crónica periodística actual aunque a este respecto hay algunos que otorgan semejante honor justamente a James Boswell. No entremos en controversias porque la razón, por lo menos en cuanto a cronología se refiere, cae del lado de Adison el cual junto con Richard Steele fundó en 1711 el periódico The Spectator mientras que Boswell publicó sus reportajes en la segunda mitad del mismo siglo.
Ces autres regards es el ensayo previo a la lectura de dos artículos de Adison. Franck Guyon con un texto ágil, interesantísimo, nos lleva por unos lugares que abren el apetito para leer a Adison en sus dos artículos sobre la disección: Précieux dont le crâne est disséqué y Coquette dont le coeur est anatomisé.
La traducción al castellano del término precieux no es fácil o se podría decir es delicada. Precieux, según Franck (el texto que se muestra es traducción del original inglés cuyo término a traducir al francés es beau) , ha de tomarse en el sentido moral de aquellas damas del siglo XVII que adoptaron una actitud novedosa y refinada con respecto a los sentimientos y con un lenguaje refinado (según definición del Petit Robert). A ellas dedica Moliére unas de sus obras, Les Précieuses ridicules. Bien, la traducción de precieux podría ser: Amanerado, afectado o (a Franck le parece sibilina y a mí, en castellano, me resulta graciosa) petimetre (en francés petit-maître). Por la parte alta de la estima se podría traducir precieux por el término inglés dandi pero entonces ¿por qué no poner el original inglés beau? Lo hermoso, en todo caso, es que el título en castellano puede ir, según mis escasos conocimientos, desde Petimetre cuyo cráneo está disecado hasta Dandi cuyo cráneo está disecado. Escribo dandi porque me parece la palabra más reconocible. En el diccionario de Julio Casares bajo el término Afectación aparece esta preciosa lista de adjetivos: Petimetre. Pisaverde. Lechuguino. Figurín. Virote. Gomoso. Paquete. Dandi. Niño gótico. Roto. Fifiriche. Caballerete. Currutaco. Dije.
El segundo título parece más sencillo de traducir, Coqueta cuyo corazón es diseccionado.. Estos títulos me recuerdan a los colores que escribí en Sensaciones los cuales no puedo ni siquiera describir porque nunca los vi. Son títulos (o nombres de colores) cuyo subtexto o cuya interpretación sugieren ya el ánimo a su lectura. Son títulos inteligentes.
Dos de las laminas del libro me parecen magníficas Wildes Herz de Birgit Dieker y una foto-fija de la película muda, en blanco y negro, K, de Jayne Parker.

Anatómica de Clemente Susini

Es una mujer que hubo de ser guapa o más que guapa, bonita. Tiene el pelo cortado en media melena, muy rizado, castaño claro, peinado con raya ligeramente inclinada a su izquierda. Tendrá unos cuarenta y cinco años algo mal llevados (o llevados con pocas cremas), tiene muchas arrugas y sus labios son finos de edad. Es muy, muy delgada y todo en ella recuerda a una pajarilla bonita pero dejada y cuando cierra los ojos y coloca las dos manos extendidas sobre el bolso, con sus uñas largas y sin pintar y dormita de seguido estación tras estación como si no necesitara en absoluto la vista para saber cuándo ha de bajar, es igualita a un mirlo que anduvo cantando hace un par de veranos en un lugar donde viví.
También es una mujer pero ésta (una real hembra como diría mi tío Carlos) es muy morena, muy salvaje, tiene unas piernas larguísimas, un pecho exuberante (apenas me importa si implantado) y una mirada como acabada, trágica. No tendrá más de treinta y cinco años. Se diría que viene exhausta de algún lugar o que su vida le ha llevado hasta ese momento en el que sentada en ese vagón del metro todo le importa nada y lo único que quisiera es dormir y no soñar.
Un trío de muchachos, entre catorce y dieciséis años, llevan un perro metido en un bolso. No se sabe muy bien el sexo de cada uno de ellos, bueno quizá de uno sí, pero los otros dos son hermosamente hermafroditas. Frente a ellos se sienta un hombre negro bellísimo, con unos ojos de mirar intenso y una boca que muestra una perfecta armadura dental. Tendrá veinticinco años. Lleva una gran cantidad de equipaje, dos mochilas y un macuto militar. Con el viaja una mujer madura, de una mirada verde de alcohólica empedernida, llena de ternura y de curiosidad por todo lo que ocurre alrededor. También lleva equipaje. En un momento él y ella se comparan las venas de los antebrazos. La venas del muchacho son un prodigio de fuerza, de sangre corriendo poderosa. Surgen como largos ríos subterráneos. Las venas de ella son finas, delicadas, azulinas.
También es una mujer pero ésta (una real hembra como diría mi tío Carlos) es muy morena, muy salvaje, tiene unas piernas larguísimas, un pecho exuberante (apenas me importa si implantado) y una mirada como acabada, trágica. No tendrá más de treinta y cinco años. Se diría que viene exhausta de algún lugar o que su vida le ha llevado hasta ese momento en el que sentada en ese vagón del metro todo le importa nada y lo único que quisiera es dormir y no soñar.
Un trío de muchachos, entre catorce y dieciséis años, llevan un perro metido en un bolso. No se sabe muy bien el sexo de cada uno de ellos, bueno quizá de uno sí, pero los otros dos son hermosamente hermafroditas. Frente a ellos se sienta un hombre negro bellísimo, con unos ojos de mirar intenso y una boca que muestra una perfecta armadura dental. Tendrá veinticinco años. Lleva una gran cantidad de equipaje, dos mochilas y un macuto militar. Con el viaja una mujer madura, de una mirada verde de alcohólica empedernida, llena de ternura y de curiosidad por todo lo que ocurre alrededor. También lleva equipaje. En un momento él y ella se comparan las venas de los antebrazos. La venas del muchacho son un prodigio de fuerza, de sangre corriendo poderosa. Surgen como largos ríos subterráneos. Las venas de ella son finas, delicadas, azulinas.
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Narrativa
Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 20/09/2009 a las 11:30 |