El grupo se mantuvo atento. Mientras veían el descenso. Aquel grupo que nunca había llegado a ser un equipo. Días antes habían estado alrededor de una mesa bebiendo unas cervezas. Pensaron si quizá todo aquello empezaba a ser cierto. También -la muchacha del pelo largo y desgreñado- se pensó si siempre había sido. Y uno -el hombre negro que había vomitado días antes- respondió en voz alta, Siempre es una palabra cuyo concepto encierra una idea demasiado vasta. La muchacha de pelo largo y desgreñado pensó, Los eventos consuetudinarios que acontencen en la rúa es lo que pasa en la calle, luego una palabra cuyo concepto encierra una idea demasiado vasta es una palabra demasiado larga. La sencillez. El grupo pensó que el bajo corresponde al mundo inorgánico. Más tarde cuando dormían tuvieron encuentros que no se contaron en la vigilia. Callaron en las duchas. Caminaron como buenos compañeros -nunca, nunca llegaron a ser equipo- por un campus en ruinas. Alguien o algo pensó en la ruina arquitectónica como una cadencia sin melodía. En la llanura el grupo miró el descenso. Parecía venir desde muy lejos, desde el espacio interestelar. Una -probablemente la muchacha albina que siempre llevaba pamela- lo comparó con la lengua de fuego de cualquier saga épica. Y la de allá -la pelirroja exuberante- amalgamó en su ser el color del rubí y un acento panameño con claros síntomas de septicemia cosa que no quisieron hacerle ver como si aquello fuera algo que tan sólo le incumbía a ella. Desgajada -susurró el mestizo de india y caucásico- y no quiso mirar. La pelirroja pensaba, Siempre hablando de seres humanos. Pura especie endogámica que busca la salvación en su verse reflejada. Quizá los cosmólogos sepan algo distinto a sí mismos. Todo lo demás es incesto.
A punto de estrellarse no cerraron los ojos, ni se dieron las manos, ni se abrazaron tampoco. Todo iba a ser en un momento.
A punto de estrellarse no cerraron los ojos, ni se dieron las manos, ni se abrazaron tampoco. Todo iba a ser en un momento.
Samson Humes se levantó la mañana del 16 de septiembre de 1903 con una erección fálica descomunal. La noche anterior a su polla se le habría podido llamar con total tranquilidad pene; no había sufrido grandes incomodidades a lo largo del día, las usuales en todo caso en un muchacho de veintitrés años al que la sexualidad aún no le había sonreído. En toda su corta vida tan sólo una vez se había juntado al cuerpo de una mujer y fue en un baile al que acudió con los chicos de su parroquia cuando tenía dieciseis años y se atrevió a pedirle a una muchacha flaca y fea que bailara con él; la muchacha magra en exceso debía de tener ardores porque aceptó de inmediato y se pegó a Samson como si fuera una tabla de salvación. Mientras se miraba la erección, aún en la cama, recordó cómo durante aquel baile, él intentó sentir los pezones de la muchacha o algo de las tetas pero no logró sentirlo y de hecho durante un rato imaginó si sus amigos no le estarían gastando una broma y aquella muchacha era en realidad un chico disfrazado. Aquella idea no logró evitar que cierto grado de excitación acudiera a su pito y lo engrosara; cuando la muchacha lo notó en su muslo, se pegó aún más y dejó escapar, como al descuido, un ligerísimo suspiro en su oído. Entonces la música terminó. La muchacha le miró a los ojos con picardía y se mordió el labio inferior y Samson Hume bajó la vista, se dio la vuelta y se perdió entre las parejas de la pista de baile sin ni siquiera darle las gracias a la muchacha porque cada vez que una chica miraba a Samsom Humes con arrobo él se moría de vergüenza y lo único que quería era escapar de aquella mirada fuera como fuese. Incluso una vez, cuando tenía trece años, y estaba jugando al juego de la botella y le tocó besar a una niña en los labios, se levantó como un resorte, dijo que antes tenía que hacer pis -lo que provocó la carcajada general de la muchachada- y salió escopetado y no paró de correr hasta llegar a su habitación, donde se tumbó en la cama, se cubrió la cabeza con la almohada y lloró por el terror que le nacía en el vientre cada vez que se asomaba a su vida el contacto con el cuerpo de una chica.

E. J. Bellocq Fotografía de la serie titulada The Girls of Storyville
Narrativa
Tags : Las putas de Storyville Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 03/04/2014 a las 16:17 |
Eric J. Hobsbawm: los historiadores son los 'recordadores' profesionales de lo que los ciudadanos desean olvidar.
A Julia Maestre Alarcón.
Vencido y desarmado abrió las puertas a un desecho moral que duró tres generaciones.
Sabemos lo que fue por el silencio de los que aguantaron callados.
Vencido y desarmado, largas filas de hombres y mujeres y niños, camino de los campos de concentración franceses.
Sin saber que una nueva guerra los esperaba.
Vencido y desarmado no empezó -como tan atinadamente escribió Fernando Fernán Gómez- la paz sino que empezó la victoria.
Larga la sombra de aquella victoria.
Una victoria de la infamia; una victoria de sotanas y sables; una victoria de hipocresía y miedo; una victoria de brazos en alto; una victoria de regiones devastadas.
Vencido y desarmado a muchos les quedó la diginidad del derrotado. Y la amabilidad del miserable.
Porque vencido y desarmado el pueblo sometido nunca fue manso del todo.
Porque vencido y desarmado les quedó el calor de sus gentes, los recuerdos escritos, el ideal de un mundo mejor.
Vencido y desarmado en aquellos años autoritarios.
Vencido y desarmado por los traidores.
No pasarán... y pasaron.
No pasarán... y arrasaron como caballos de Atila con todo aquello que no comulgara -en sentido literal y figurado- con sus ideas y sus hostias.
No pasarán... y pasaron los fariseos del cristianismo bajo palio y acompañados por música militar.
Vencido y desarmado, con lágrimas en los ojos y con la imagen de un hombre llevando sobre sus hombros el cuerpo muerto de su mujer desnuda camino del exilio.
Que no se nos olvide. Que los recordadores nos recuerden que la Bestia siempre acecha aunque a veces parece que duerma.
Sabemos lo que fue por el silencio de los que aguantaron callados.
Vencido y desarmado, largas filas de hombres y mujeres y niños, camino de los campos de concentración franceses.
Sin saber que una nueva guerra los esperaba.
Vencido y desarmado no empezó -como tan atinadamente escribió Fernando Fernán Gómez- la paz sino que empezó la victoria.
Larga la sombra de aquella victoria.
Una victoria de la infamia; una victoria de sotanas y sables; una victoria de hipocresía y miedo; una victoria de brazos en alto; una victoria de regiones devastadas.
Vencido y desarmado a muchos les quedó la diginidad del derrotado. Y la amabilidad del miserable.
Porque vencido y desarmado el pueblo sometido nunca fue manso del todo.
Porque vencido y desarmado les quedó el calor de sus gentes, los recuerdos escritos, el ideal de un mundo mejor.
Vencido y desarmado en aquellos años autoritarios.
Vencido y desarmado por los traidores.
No pasarán... y pasaron.
No pasarán... y arrasaron como caballos de Atila con todo aquello que no comulgara -en sentido literal y figurado- con sus ideas y sus hostias.
No pasarán... y pasaron los fariseos del cristianismo bajo palio y acompañados por música militar.
Vencido y desarmado, con lágrimas en los ojos y con la imagen de un hombre llevando sobre sus hombros el cuerpo muerto de su mujer desnuda camino del exilio.
Que no se nos olvide. Que los recordadores nos recuerden que la Bestia siempre acecha aunque a veces parece que duerma.
Ser otro siempre; un hombre que vive en un puerto de mar. Dándose cuenta de sus propias limitaciones abandona sus sueños de juventud y descubre que la realidad suya es la de estar junto a la gente. Conoce a alguien por casualidad. Alguien que es el futuro. Alguien que está indefenso en un mundo en absoluto desconocido para él. Hay que proteger ese futuro y si es necesario hay que hipotecar el propio presente porque ese término propio presente en realidad no existe. La vida. El mar. La distancia. Los pescadores. Las mujeres. Las mujeres que saben algo de la vida que los hombres nunca alcanzaremos a saber. Ser una mujer que escribe: CIERTA GENTE Cierta gente huyendo de cierta gente./ En cierto país bajo el sol/ y bajo ciertas nubes.// Dejan tras de sí su cierto todo,/ campos sembrados, ciertas gallinas, perros,/ espejos en los que justamente se contempla el fuego.// Llevan en la espalda cántaros y hatillos,/ cuanto más vacíos, cada día más pesados.// Tiene lugar calladamente el detenerse de alguien,/ y en el tumulto, el arrancarle el pan alguien a alguien/ o el sacudir al niño muerto de alguien.// Continuamente ante ellos un cierto no hacia allá,/ un no es éste el puente que hace falta/ sobre un río extrañamente rosa./ Alrededor ciertos disparos, más lejos o más cerca,/ y en lo alto un avión que, un poco, se balancea.// No estaría mal una cierta invisibilidad,/ una cierta parda pedregosidad,/ y aún mejor un cierto no-haber-sido/ por un tiempo corto o hasta largo.// Algo ocurrirá todavía, pero dónde y qué./ Alguien les saldrá al paso, pero cuándo, quién,/ de cuántas formas y con qué intenciones./ Si es que puede elegir,/ quizás no quiera ser un enemigo/ y los deje con una cierta vida.// Ser esa mujer y llamarse entonces Wislawa Szymbosrska y ser premio Nobel y aguardar el fin como tantos otros mientras repasa en sus poemas la condición humana con la precisión de una rosa. Ser ahora un hombre que debiera darse por vencido y alegrarse de las derrotas; alzar los brazos y mirar la bruma que está cayendo y dejarse abrazar por la humedad del mundo; ser ese hombre que ha tenido la dicha de aportar su simiente para la criatura nueva, la que ahora ha tomado una decisión y se siente feliz porque lo ha hecho; ser ese hombre que no supo; ser ese hombre tan imperfecto y tan cobarde y tan humano; ser ese hombre que admira; ser ese hombre que cuando menos siente la belleza como si fuera suya. Y ahora, ahora, ser el hombre que duerme y la mujer que añora y la perra que sueña y el escorpión que acecha y la rana que sabe que en su inmovilidad está su salvación y ser la inspiración del pintor y la tragedia del ahogado y el vendido como esclavo y el amante de la esquina y el panadero ebrio y la verdulera hermosa. Y ser tantos hasta morir como dicen que mueren los que han amado mucho (ser en la última frase -que es un verso-, entonces, un tal Gil de Biedma).
Los corsarios berberiscos. Los piratas del norte. (Historia de la piratería). Philip Gosse. Editado por Austral. 4ª ed. 1973.
A Liana por su constancia en leerme y su paciencia en tratarme.
... aquel año navegaba rumbo a Rodas cierto joven romano de alto rango familiar, que había sido expulsado de Italia por el dictador Sila, debido a su simpatía hacia Mario, el exiliado rival de Sila. Joven de ambiciones, y no teniendo otra cosa que hacer mientras Roma era para él una ciudad prohibida, decidió aprovechar su tiempo perfeccionando aquello que sus profesores le habían dicho que era deficiente: el arte de la elocuencia. Con este fin había ingresado en la escuela de Apolonio Molo, el famoso maestro de oratoria.
Cuando el barco navegaba a lo largo de la isla de Farmacusa, no lejos de la rocosa costa de Cavia, varias embarcaciones bajas y estrechas aparecieron en dirección a él. El buque mercante era poco marinero y, amainando la brisa, no existía la menor posibilidad de escapar de los botes de los piratas, impulsados por largas palas y vigorosos brazos de esclavos. Arriando su pequeña vela auxiliar aguardó a que las embarcaciones de aguzada proa se deslizaran a lo largo y a poco su cubierta se hallaba atestada con los enjambres de chusma.
Volviendo la mirada a los grupos de pasajeros aterrorizados, el jefe pirata advirtió la presencia de un joven aristócrata, exquisitamente vestido a la última moda romana, que permanecía sentado, leyendo, rodeado de sus esclavos y asistentes. Acercóse a él a grandes zancadas y le preguntó quién era; pero, después de lanzarle una mirada desdeñosa, el joven reanudó su lectura. El pirata, enfurecido, se volvió entonces a uno de los compañeros del joven, que era su médico, Cinna, el cual le informó que el cautivo se llamaba Cayo Julio César.
Al punto se trató la cuestión del rescate. El pirata preguntó cuánto estaría dispuesto a pagar Julio César por su libertad y la de sus criados. Y como el romano no se tomara siquiera la molestia de contestar, el capitán se volvió a su segundo y preguntó en cuánto calculaba el valor de la presa; el experto miró al grupo y manifestó que, en su opinión, diez talentos sería una suma razonable.
Irritado el capitán por el aire de superioridad del aristócrata, replicó:
- ¡Entonces pediré el doble! ¡Su libertad vale veinte talentos!
A esto habló César por primera vez. Alzando las cejas hizo la siguiente observación:
- ¿Veinte? Si conocieras tu negocio comprenderías que por lo menos valgo cincuenta.
El jefe pirata quedó asombrado. El hallar un prisionero que se ofreciese voluntariamente a pagar casi el triple de lo reclamado por su rescate, era cosa que no le había ocurrido jamás. Sin embargo, aceptó la oferta del jovencito refinado y, echándole a los botes con los demás cautivos, le llevó a la fortaleza de los piratas en espera del regreso de los mensajeros enviados a cobrar el rescate.
César y sus acompañantes fueron instalados en chozas en un caserío ocupado por los piratas. El joven romano dedicaba sus días principalmente al ejercicio físico, corriendo, saltando y lanzando pedrejones, a veces en competencia con sus captores. En sus horas más sosegadas escribía poemas o piezas de oratoria. A primeras horas de la noche se unía con frecuencia a los piratas en torno al fuego y les recitaba sus poemas o su prosa oratoria. Se sabe que los piratas abrigaban una opinión extremadamente desfavorable hacia estas composiciones, y así se lo hacían saber con rudo candor, bien porque su gusto sobre la materia no fuese muy refinado, bien porque los versos de César, hoy desaparecidos, no alcanzaban el grado literario de su prosa en la época de madurez.
Extraña vida aquella para el mimado dandy, a quien Sila había descrito como "el chico con faldas". Parece como un personaje de Oscar Wilde que surgiera triunfante a a la vida entre los bandidos albaneses. Todos los testigos convienen en que bajo su preciosa afectación se mantuvo insensible al miedo. No sólo, como buen patricio romano, despreciaba los groseros modales y falta de educación de sus aprehensores, sino que se lo echaba directamente en cara. Además se complacía en vaticinarles su suerte si algún día llegaban a caer en sus manos, prometiéndoles solemnemente que los crucificaría a todos. Los piratas, más divertidos con sus modales afeminados que irritados con sus amenazas, le trataban con una especie de respeto condescendiente, creyendo que la promesa de una crucifixión general era una broma. [...]
Al fin, después de treinta y ocho días, regresaron los mensajeros diciendo que el rescate de cincuenta talentos había sido depositado en manos del legado Valerio Torcuato, y César fue llevado con sus compañeros a bordo de una nave y enviado a Mileto. Había llevado más tiempo del que creía el reunir el dinero, pues Sila, tras expatriar a César, había confiscado todas sus propiedades además de las de su mujer Cornelia. En tales circunstancias hubiera sido mejor para el joven romano haber rebajado en algo su importancia.
A su llegada a Mileto fue pagado el rescate a los piratas, que partieron inmediatamente, y César desembarcó, dispuesto a llevar a cabo el plan que se había propuesto. Valerio le prestó cuatro galeras y quinientos soldados con los que César partió al punto hacia la isla de Farmacusa. Llegando allí poco antes de medianoche se halló con la banda de piratas, como había esperado, celebrando su éxito con una orgía de manjares y bebidas. Tomados completamente por sorpresa, no tuvieron medio de defenderse y se rindieron. Sólo lograron escapar unos pocos. César capturó a trescientos cincuenta y tuvo la satisfacción de recobrar intactos sus cincuenta talentos. Llevando prisioneros a los piratas en sus galeras, hundió sus embarcaciones y largó velas rumbo a Pérgamo, donde Junio, el pretor de la provincia de Asia Menor, tenía su cuartel general.
Al llegar a Pérgamo, César encerró a sus prisioneros en una fortaleza bien guarnecida y fue a entrevistarse con el pretor. Era éste el único oficial con autoridad para imponer la pena capital.
Hallóle César en ejecución de sus deberes y, sorprendiéndole, le explicó brevemente lo que había ocurrido; en Pérgamo, bajo custodia segura, tenía la banda entera de piratas, con su botín, y pedía una carta autorizando al gobernador delegado en Pérgamo para ejecutar a los piratas o, cuando menos, a sus jefes.
Pero a Juno no le gustó la idea. Le desagradaba aquel joven imperativo que tan inesperada e impetuosamente había entrado a perturbar la tranquilidad del círculo pretoriano y que consideraba cosa decidida el que no tendría más que dar órdenes para que el gobernador de toda Asia Menor obedeciese. Existían además otras consideraciones. El sistema mediante el cual sus mercaderes pagaban tributo a los piratas a cambio de inmunidad tenía la sacralidad de una antigua costumbre que, en conjunto, no funcionaba del todo mal.
Si Junio hacía lo que quería César, los sucesores de los piratas, siendo extranjeros, resultarían todavía más exigentes que los cautivos de César. Por otra parte, era cosa admitida que oficiales como el pretor, situados lejos de Roma, en los puestos avanzados del Imperio, no estaban allí solamente para servir al Estado, sino para atesorar algunos bienes con miras al día en que se retiraran a la vida civil de su patria. La banda de piratas era rica y era razonable esperar que se mostrara debidamente reconocida al gobernador si hacía uso de sus prerrogativas de clemencia y les devolvía la libertad.
Sin embargo hubiese llevado demasiado tiempo explicar estos complicados asuntos de Estado a un hombre de corta edad, a un joven hacia el cual, por otra parte, abrigaba Junio una aversión tal, que hubiera sido difícil una conversación amistosa. Le prometió, pues, a César ocuparse del asunto cuando regresara a Pérgamo e informarle de su decisión.
Cayo Julio César comprendió, se inclinó, retirándose de la presencia del pretor, y a marchas forzadas regresó a Pérgamo en el término de un día. Sin más contemplaciones, y bajo su propia autoridad (probablemente desconocían los provincianos la nueva situación de Roma), ordenó la ejecución de los piratas en la prisión, reservando a los treinta más principales para el fin que les había prometido. Cuando éstos fueron llevados encadenados ante él, les recordó aquella promesa, pero añadió que en gratitud por el buen trato que había recibido, les concedía un último favor: antes de subir a la cruz cada uno de ellos debía cortarse la garganta.
Después de lo cual César reanudó su marcha hacia Rodas y a su debido tiempo se enroló en la excelente escuela de oratoria de Apolonio Molo.
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Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 05/04/2014 a las 20:22 |