Séptimo día
El calor de agosto enloquecía a los perros en la antigua Roma.
Meredith se jactaba de tener los mejores muslos de la provincia. Yo se los vi un día y vive dios que los tenía.
Hace muy poco Alemania se vestía de nazi.
Hace algo más los españoles y los portugueses exterminaron entre los siglos XVI-XIX a 150 millones de indios (cada uno con su nombre y su historia personal).
He tomado decisiones en mi trabajo de guardés.
Es cierto que tengo sed y un par de zumos.
Me llamo Olmo y nací en Tirana de una madre aficionada a chupar pollas diplomáticas y de un padre que según me contaba mi madre había sido agregado cultural de la embajada española. De resultas de los cual escribí una pieza teatral titulada Tirana no es la capital de Albania la cual tuvo una escasa repercusión; tan escasa fue que no salió de las paredes de un salón donde hice una lectura dramática tras pasar un día con una diarrea colosal.
Espero una revolución.
Andrés se jactaba de su éxito con las mujeres hasta que se casó con la más hija de puta (según él, claro). Una vez que se hubo separado, me acerqué un día por su casa -la de su ex-mujer- para ver si yo tenía también éxito con las mujeres. Soy un puto perro sarnoso.
Es evidente -por más que sea una hipótesis- que el sexo lo inventó la mujer.
El silencio envenena mi culo. Así de claro lo digo y ¿cómo lo envenena?
Es como si tuviera una Myseri a mis espaldas que me obligara a escribir una línea más, sólo una más. Yo que ejerzo de guardés en un museo modernista (y algo más).
Tenía que hacerlo.
Era el séptimo día y ¿quién soy para descansar al séptimo día?
Meredith se jactaba de tener los mejores muslos de la provincia. Yo se los vi un día y vive dios que los tenía.
Hace muy poco Alemania se vestía de nazi.
Hace algo más los españoles y los portugueses exterminaron entre los siglos XVI-XIX a 150 millones de indios (cada uno con su nombre y su historia personal).
He tomado decisiones en mi trabajo de guardés.
Es cierto que tengo sed y un par de zumos.
Me llamo Olmo y nací en Tirana de una madre aficionada a chupar pollas diplomáticas y de un padre que según me contaba mi madre había sido agregado cultural de la embajada española. De resultas de los cual escribí una pieza teatral titulada Tirana no es la capital de Albania la cual tuvo una escasa repercusión; tan escasa fue que no salió de las paredes de un salón donde hice una lectura dramática tras pasar un día con una diarrea colosal.
Espero una revolución.
Andrés se jactaba de su éxito con las mujeres hasta que se casó con la más hija de puta (según él, claro). Una vez que se hubo separado, me acerqué un día por su casa -la de su ex-mujer- para ver si yo tenía también éxito con las mujeres. Soy un puto perro sarnoso.
Es evidente -por más que sea una hipótesis- que el sexo lo inventó la mujer.
El silencio envenena mi culo. Así de claro lo digo y ¿cómo lo envenena?
Es como si tuviera una Myseri a mis espaldas que me obligara a escribir una línea más, sólo una más. Yo que ejerzo de guardés en un museo modernista (y algo más).
Tenía que hacerlo.
Era el séptimo día y ¿quién soy para descansar al séptimo día?
Sexto día
Dice Spinoza que algunos han pretendido que Dios no se revela a hombres tristes e irritados; pero tal opinión es quimérica porque Dios reveló a Moisés irritado contra Faraón el espantoso exterminio de los primogénitos. Luego sigue con otros hombres también tristes o irritados a los que Dios habló como Caín o Ezequiel o Jeremías o Miqueas (que por cierto nunca le predijo nada bueno a Acab). Y dice Spinoza que el estilo de las profecías variaba con el grado de elocuencia de cada profeta y termina su razonamiento -después de haber narrado varios ejemplos de diferentes estilos proféticos- Si todo esto quiere pesarse, seguramente deduciremos que Dios carece de estilo propio y que según el grado de instrucción y el alcance del profeta a quien inspira, es elegante o grosero, lacónico o prolijo, severo o confuso.
Al ser mi nombre Olmo, he sentido siempre la tentación de tener bien hundidos los pies en la tierra y al ser esto así -o al querer que sea así- siempre he pensado que mis pies encuentran en su camino hacia la consecución del alimento, todo tipo de nutrientes y a ninguno hago ascos y ese no hacer ascos a cualquier nutriente que se me presente me convierte, de alguna forma, en un ser también sin estilo propio más bien adquiero el estilo de lo que me alimenta y si el alimento de turno tiene matices ocres me convierto en ocre o si por el contrario lo que me alimenta es rico en metano huelo espantosamente mal. Tengo de alguna manera algo de un hombre sin atributos porque el atributo define y soy, por definición, indefinido al depender por entero del nutriente del que me alimente para poder subsistir; un día puede ser vender loterías en un mercado, otro puede ser dirigir una programa de radio, o también hacer encuestas en un tren por la noche y acabar magreándome con una pasajera, a eso de las tres de la madrugada, entre Zaragoza y Lérida, con un frenesí que no dejaba lugar para las preguntas de la encuesta, incluso alguna vez me atreví con el peonaje para subsistir unos cuantos meses. Si como argumenta Spinoza uno de los atributos de Dios es no tener estilo, yo podría muy bien decir que estoy hecho a semejanza suya. Ahora soy guardés en un museo con unas obras de arte de una delicadeza mayúscula y he de andar con alarmas y rondas y riegos y he de llevar un teléfono a todas partes por donde vaya y como soy un guardés sin estilo si por ejemplo me despiertan por la mañana a una hora intempestiva no sé comportarme como un guardés sino como un hombre recién despertado que no entiende nada de lo que le están contando.
Al ser mi nombre Olmo, he sentido siempre la tentación de tener bien hundidos los pies en la tierra y al ser esto así -o al querer que sea así- siempre he pensado que mis pies encuentran en su camino hacia la consecución del alimento, todo tipo de nutrientes y a ninguno hago ascos y ese no hacer ascos a cualquier nutriente que se me presente me convierte, de alguna forma, en un ser también sin estilo propio más bien adquiero el estilo de lo que me alimenta y si el alimento de turno tiene matices ocres me convierto en ocre o si por el contrario lo que me alimenta es rico en metano huelo espantosamente mal. Tengo de alguna manera algo de un hombre sin atributos porque el atributo define y soy, por definición, indefinido al depender por entero del nutriente del que me alimente para poder subsistir; un día puede ser vender loterías en un mercado, otro puede ser dirigir una programa de radio, o también hacer encuestas en un tren por la noche y acabar magreándome con una pasajera, a eso de las tres de la madrugada, entre Zaragoza y Lérida, con un frenesí que no dejaba lugar para las preguntas de la encuesta, incluso alguna vez me atreví con el peonaje para subsistir unos cuantos meses. Si como argumenta Spinoza uno de los atributos de Dios es no tener estilo, yo podría muy bien decir que estoy hecho a semejanza suya. Ahora soy guardés en un museo con unas obras de arte de una delicadeza mayúscula y he de andar con alarmas y rondas y riegos y he de llevar un teléfono a todas partes por donde vaya y como soy un guardés sin estilo si por ejemplo me despiertan por la mañana a una hora intempestiva no sé comportarme como un guardés sino como un hombre recién despertado que no entiende nada de lo que le están contando.
Quinto día
Cierro los ojos y ya no estoy y ya no está.
Lo he hecho de nuevo. ¿Ha sido una revelación? ¿Y revelación no querrá decir en realidad velar de nuevo? La revelación realmente impone un velo más. La revelación opaca la verdad (sea lo que sea ese término que en estas soledades pierde su sentido porque la verdad sólo lo es en relación con los otros, en un mundo sin otros la verdad no tiene sentido. Es nada). Admito entonces que al hacerlo de nuevo me he alejado un poco más de la verdad y no he sentido un especial regocijo ni me he quedado boquiabierto como el alquímico esperando el milagro en su crisol. No tengo crisoles y tengo poco de alquimista. ¿De qué tengo? me pregunto casi sin esperar respuesta. Hoy estoy aquí y mañana estaré allí. Oigo mi voz interior porque en esta mansión la voz interior tiene hasta eco, de hecho hoy me puesto a cantar en las escaleras y subía mi voz hasta las buhardillas y se perdía, mi hermosa voz de tenor, se perdía en los recovecos de esta casa. No siento pena por ello. Sólo que sé, en este quinto día, que me voy a volver loco (o más loco). El primer síntoma ha sido que lo he vuelto a hacer como si al hacerlo me pudiera transportar a otro mundo y lo que es aún más peregrino como si ese otro mundo al que me podría transportar fuera más apetecible que éste. Porque no hay mundo más certero que el que se está viviendo. Es decir con más certezas sean éstas benignas o no. La certeza no emite nunca juicio moral sobre la verdad que certifica. La certeza, realmente, es boba. (Ha ocurrido lo que me temía. Se han borrado unas cincuenta líneas de lo que tenía escrito. No importa. Más o menos venía a decir lo siguiente).
Lo he hecho de nuevo. ¿Ha sido una revelación? ¿Y revelación no querrá decir en realidad velar de nuevo? La revelación realmente impone un velo más. La revelación opaca la verdad (sea lo que sea ese término que en estas soledades pierde su sentido porque la verdad sólo lo es en relación con los otros, en un mundo sin otros la verdad no tiene sentido. Es nada). Admito entonces que al hacerlo de nuevo me he alejado un poco más de la verdad y no he sentido un especial regocijo ni me he quedado boquiabierto como el alquímico esperando el milagro en su crisol. No tengo crisoles y tengo poco de alquimista. ¿De qué tengo? me pregunto casi sin esperar respuesta. Hoy estoy aquí y mañana estaré allí. Oigo mi voz interior porque en esta mansión la voz interior tiene hasta eco, de hecho hoy me puesto a cantar en las escaleras y subía mi voz hasta las buhardillas y se perdía, mi hermosa voz de tenor, se perdía en los recovecos de esta casa. No siento pena por ello. Sólo que sé, en este quinto día, que me voy a volver loco (o más loco). El primer síntoma ha sido que lo he vuelto a hacer como si al hacerlo me pudiera transportar a otro mundo y lo que es aún más peregrino como si ese otro mundo al que me podría transportar fuera más apetecible que éste. Porque no hay mundo más certero que el que se está viviendo. Es decir con más certezas sean éstas benignas o no. La certeza no emite nunca juicio moral sobre la verdad que certifica. La certeza, realmente, es boba. (Ha ocurrido lo que me temía. Se han borrado unas cincuenta líneas de lo que tenía escrito. No importa. Más o menos venía a decir lo siguiente).
Cuarto día
Las golondrinas planean y se lanzan, estrechamente abrazadas; el agua parece una cama elástica (muy azul y muy ondulada); los hebreos gustan más de los sustantivos que de los adjetivos -mundo de la blancura-; hoy ha sido todo mucho más disciplinado y quizá por eso haya sido mejor; y además he realizado unos ejercicios de cuando era joven para superar el miedo (el miedo por ejemplo de sorprender a mi madre comiéndole la polla a un embajador uzbeko o que de repente apareciera por casa una hija nacida de la succión atormentada de mi madre y que a mí su hija -mi hermanastra- me gustara, me enamorara de ella y resultara llamarse Encina. Olmo y Encina entonces) que me da el recorrer amplias salas vacías por mucho que en las paredes de dichas salas cuadros hermosos se me presenten a la vista, así, en la absoluta soledad, ¿quién ha visitado un museo absolutamente solo?
Tercer día
Ahora estoy en el porche. Ha caído la noche y escucho a los gatos correr por el jardín. La luna está justo encima y los grillos han iniciado su serenata. Vuelve a hacer calor y no me importa mientras sea agosto y pueda mantenerme vivo. Lo único que me importa de esta situación es si luego podré devolver la silla a la cocina sin tropezarme. Por eso antes de que haya anochecido del todo, me levantaré y haré el camino e incluso quizás aproveche y me traiga la cena al porche trasero de la mansión que cuido.
Hoy, al llegar, estaba mi compañero de por las mañanas, hemos charlado un poco mientras él terminaba de liarse unos cigarrillos para el camino de vuelta a casa. Al quedarme solo he decidido tener menos miedo que ayer. Ayer. Ayer. Y así me he puesto el bañador y he nadado, tanto, he nadado tanto, tanto. Ha habido un momento en el que me he atragantado y he pensado si muriera pero sólo un momento. Ese ha sido todo el miedo de hoy porque ahora los cachorros me rodean, cada vez se acercan más y alguno, frente a mí hace una cabriola. Voy a mirar si el camino de vuelta será difícil. Vuelvo ahora.
¿El camino de vuelta existe?
Hoy, al llegar, estaba mi compañero de por las mañanas, hemos charlado un poco mientras él terminaba de liarse unos cigarrillos para el camino de vuelta a casa. Al quedarme solo he decidido tener menos miedo que ayer. Ayer. Ayer. Y así me he puesto el bañador y he nadado, tanto, he nadado tanto, tanto. Ha habido un momento en el que me he atragantado y he pensado si muriera pero sólo un momento. Ese ha sido todo el miedo de hoy porque ahora los cachorros me rodean, cada vez se acercan más y alguno, frente a mí hace una cabriola. Voy a mirar si el camino de vuelta será difícil. Vuelvo ahora.
¿El camino de vuelta existe?
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Narrativa
Tags : Colección Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 07/08/2014 a las 23:29 | {0}