Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
Defensa domingo ataque
La ciudad, las personas en la ciudad, las gentes. Todas las gentes. Los refugios. Las casas. Deseo. La mañana. El pan. Las colas. Los turistas aún en octubre. El sol. El sol. Camino con una mochila verde de mi hija por la calle Mayor. Cruzo algunas miradas. Las gentes. Las multitudes. Como putas ovejas todas en el mismo sitio. Mansedumbre y muchedumbre se parecen en exceso en su significante como para no rozarse en su significado (Ferdinand de Saussure). El metro. Un suelo que resbala. Me parece absurdo solar con un material resbaladizo los vestíbulos y pasillos del metro. Las escaleras mecánicas luego. El calor. Las estaciones. El olor de la gente. Nuevas miradas. Yo con mi mochila verde. Es entonces cuando se me cruza por primera vez la impresión de viscosidad. Como una premonición quizá. Hace días estoy sincronizado con diez segundos por delante de mi tiempo. La calle con su cuesta empinada. Una mujer huele mal y le dice a otra que no piensa ducharse. Me debato. Con mi mochila verde. El olor, la sensación del olor, lo cultural de todos nuestros sentidos. Un perro, claro, huele sin problemas la mierda de otro perro. El asco. No sé por qué. Estoy contento. Estoy bien. No es un día de esos en los que el mundo atormenta y yo me atormento. No, en absoluto. La noche anterior ha sido divertida. Voy a comer a casa de mi hermana. Clara la mañana de domingo. Comemos. Nos vamos Violeta y yo. Cogemos el autobús 26. Nos sentamos. Con la mochila verde. Ella está en la ventanilla. Y así empieza. A nuestras espaldas unos carteristas han sido descubiertos. Son dos mujeres y un hombre. Un señor lo ha descubierto, ha agarrado el bolso de una de ellas, ha cogido su cartera, alrededor han comenzado a alzarse las voces y la carterista ha empezado a insultar, Hijos de mala madre, cabrones, yo no he hecho nada y mientras lo decía la otra ha intentado robar a una mujer japonesa, justo detrás de nosotros. La mujer japonesa se ha puesto a gritar a la ladrona. Las ladronas se han puesto a insultar a todo el mundo y entonces lleno de una viscosidad extrema, asqueado de este mundo y de estas gentes, no queriendo que mi hija escuchara semejante violencia, me he dado la vuelta y he dicho, Se acabó. Ni un insulto más. Ni un grito más. Está claro. Nadie. Todos se han quedado callados. Los tres carteristas me miran. Me mira la mujer japonesa. El autobús 26 se para y sólo cuando bajan una de las carteristas lanza un último insulto. Miro a mi hija, agarrada a su mochila verde. Está tranquila. Es una niña con temple. Quisiera hablarle, decirle no sé qué justificación sobre la existencia de estos miserables, con vidas miserables, de este mundo miserable, de acciones miserables. Me callo. Llega nuestra parada. Nos dirigimos a la puerta y le digo a la señora japonesa que tenía razón en llamar la atención. Ella intenta explicarse de nuevo. Bajamos. Dejo a Violeta en casa de su madre. Cojo el metro. No quiero mirar caras. No quiero registrar sucesos. Me doy cuenta entonces de que es domingo y la sensación del domingo me está invadiendo (esa mezcla entre melancolía y aturdimiento). Quisiera llegar a mi casa. Pienso en mi casa futura. No sé por qué. Camino y pienso y digo en alto, Sí, dentro de nada tendrás tu casa, dentro de nada, sí, vamos, ánimo, dentro de nada. Llego al portal. El cielo se ha cubierto con un velo de nubes inofensivo. Mi hija estará en su casa. Estoy seguro que algún día... sí algún día y entonces pienso, ¡No, no, no es verdad, la mejor defensa no es siempre un buen ataque! Y quizás aún menos en domingo.

Diario

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 04/10/2009 a las 20:59 | Comentarios {0}


Ejercicio de Escuela de Violeta


Confusión Fatal
Son una aspiradora antigua, de las que hacen un ruido terrible, y un canario, al que le encanta cantar. Les llevaron a una casa por separado (cosa que no debieron hacer porque el canario estaba habituado a lindos cantos de pajarillos y la aspiradora a, según ella, fuertes cantos de aspiradoras). Bueno, el caso es que llegaron a la casa y cada uno se puso a hacer lo que solía hacer: cantar y aspirar.
El canario estaba en el salón y la aspiradora en la cocina, por eso, el canario sólo oía al principio un lejano rumor, pero éste se fue acercando y acercando, el canario se asustaba y cuando apareció la aspiradora se dio tal susto que se quedó sin voz. A su vez la aspiradora se asustó pero no tanto.
El canario decidió vengarse y mandó una rata para roer los “intestinos” de la aspiradora. La aspiradora, muy triste, se estropeó y el canario se sintió muy culpable y llamó a un técnico para que la arreglase, cosa que hizo con mucho gusto. La aspiradora, poco rencorosa, le regaló al canario unos cascos y un seguro veterinario personal. Cada uno a lo suyo y siendo amigos vivieron juntos mucho tiempo y tuvieron “canariaspiradoritos”.

Cuento

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 03/10/2009 a las 11:57 | Comentarios {1}


El mayor arte del jugador consiste en explorar las posibilidades de llevar la partida a una posición en que los normales valores relativos de las piezas dejen de regir. Mijail Botvinik


Mijail Tal
Mijail Tal
Miro. Escucho. Pasan las horas. No sé si la vida me propondrá en algún momento la inflexión mediante la cual descubra la sencillez. Es una sensación que a veces creo acariciar, un día fue leyendo un libro llamado El Descubrimiento de la Lentitud, estaba al borde del mar y miraba un acantilado de piedra porosa, iba allí todos los días. De esto hace diecisiete años. Tras volver del acantilado miraba las partidas del campeonato del mundo de ajedrez entre Mijail Tal y Mijail Botvinik. Estaba solo. También le escribía a mi padre una carta muy larga. Pasaron los días. Han pasado los años. No he vuelto al acantilado. No he vuelto a leer un libro de ajedrez con tanta pasión, con tanta necesidad. Volví a la ciudad. Desapareció el descubrimiento de la lentitud. No sé si he dado una vuelta y me encuentro al principio. Miro. Escucho. Pasan las horas.

Ajedrez

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 02/10/2009 a las 18:56 | Comentarios {0}


Abril 1994


Y cómo luego llueve y cómo luego hace sol
y la tormenta sepulta a la razón y la atormenta.
¿Cómo se explica el corazón?
¿Bastan una guitarra y unas manos diestras
o son también necesarios
la lluvia, la paz, el sol, la calma y la materia?
Porque en amor las palabras son pequeñas
por mucho que los poetas se entretengan
en rimar el mundo de los ojos
en la leve configuración de las letras.
Que te hable de amor,
que yo te explique el verdor,
el tragaluz, el hondo pozo, la dulce enredadera,
el talismán, la hoguera y la huella;
que yo me siente y oree al aire de mi voz
el caudal del río que me lleva
hacia el mar eterno de la muerte
donde tú y yo,
con mucha suerte,
apenas nos rozaremos siquiera.
Que te hable de amor, amor;
no, la mudez es ahora consejera.

Todo está quieto,
nada se balancea,
el péndulo apenas si
pendulea y el reloj,
de esta manera,
ha ralentizado
el curso de las horas.
Todo es quietud,
todo sosiega
el raudal de la voz.

Cuando hablamos de dos
¿de quién hablamos?
Cuando hablamos de futuro
¿a qué miramos?
Cuando de ser o de no ser
hablamos ¿nos acordamos
de los que fuimos o no fuimos?

Cuando hablamos
¿no se escapa por el hálito
de nuestra respiración
el núcleo de los átomos?

Porque hablar de amor no significa
carecer de silencios de amor,
tan elocuentes según nos dicen
los más expertos en la materia;
hablar de amor yo quiero
para decir que el dinero
del amor es el sexo o,
prerrogativa del que habla,
que el amor es tabla
durante el naufragio de vivir;
tabla salvadora sí
pero tabla dolorosa.

Rincón de fuego;
sello de la noche
entre mis ojos,
furor de invierno;
sutil improvisación
de una canción;
cayado,
candil,
duna,
añil;
callado desenlace
envuelto en traje
de estación del año:
un agua de abril,
la flor de marzo,
el pardo otoño;
luz de los labios,
suave marea de luna llena
calada en mí
cerca del cielo
más carmesí.

Pues si de amor me pides que te hable
en este domingo de primavera,
con el toldo de enfrente tazado
y aireando al viento sus vergüenzas
y mi perro de perfil en el balcón
de siempre mirando hacia el horizonte de una perra,
te diré:

"Amor vuela sobre la verde selva
de este poema mio
dedicado a la más pura hierba
que encontré junto a aquel río;
no dejes, Amor, que el tiempo
fiero se adueñe del olor de mi tesoro
ni que el oro dispuesto a acometerme
me ciegue el corazón o emponzoñe
este ideal de amor, este deseo,
esta espada dispuesta a batirse
hasta perderse;
Amor permite serme caballero, loco,
bribón, poeta, ciego, arcabuz, misil,
bucanero, saltimbanqui, actor y hechicero
ante mis más amada flor, mi luz de enero,
la piel con cuyo tacto me cercioro
de que existe la dicha de estar vivo;
y déjame morir, Amor tranquilo,
con la última visión de su cabello,
con el último roce de sus labios,
con el último frenesí de su destello"
.

Poesía

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 01/10/2009 a las 13:20 | Comentarios {0}


La casa




¿Por esa vereda caminaré un día?
¿Habrá nieve?
¿Nos tiraremos bolas?
¿Correremos el visillo
de la ventana de la izquierda?
¿Ante la puerta
me contará una vieja historia?
¿Encenderemos la chimenea?
¿Huirá el humo?

Poesía

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 30/09/2009 a las 12:39 | Comentarios {1}


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