Inventario

Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri
L. 102 de Hans Hartung. 1963
L. 102 de Hans Hartung. 1963

¿Era la bandada de garzas la premonición y el paisaje?
¿Por qué surge en la línea una intención de mujer?
¿Se estableció hace cuánto la existencia consciente?
Cayeron como copos sobre nosotros los enemigos
¿Venderán aún aceite de ricino para fortalecer el carácter?
Las grandes palabras de un Séneca.
Algunas mañanas me cuesta levantarme
y siento cómo me invade el ritmo de la atrofia.
¡A la rica certeza!
¡Un penique por un universal!
Mi bolsa vacía.
¿Será que el aviso ha de estar siempre despierto?
¿Será que la vida no se cansa nunca?
Serán las lecturas que han forjado a un humilde cosmopolita intelectual que cree haber escapado de las garras de la petrimêterie (neologismo que acuño en mi querida lengua francesa porque me sale del santo Cipote -que diría Cela-) y que -el humilde huido de la mediocridad- al resaltarlo cae en ella.
Serán las lecturas, escribo, de un holgazán que ha caminado por el mundo sin poder ponerse de puntillas y cuyo mayor logro ha sido llegar más allá de los sesenta con la debida obediencia fruto de sus culpas (porque somos culpables obedecemos -así lo manda la muy larga tradición judeocristiana-). Que Freud levante la cabeza.
Así bandeando entre la salsa y lo seco.
¿Volverán las tormentas?
¿Habré de rendir cuentas más pronto que tarde?
¿Qué tiene el silencio?
La yegua de enfrente anda preñada. Pasa las noches al relente. Me dicen los que saben que no pasa frío. Yo sé también que algún mamut se quedó helado. La sangre caliente y el mantillo a veces no son suficiente protección en enero. Me deshago en halagos. Me asusta no verte.
A estos ritmos me refiero . ¿Los sientes al leerme? ¿No hay algo de africano en mi sentimentalismo burgués? 
Primeros días del año.
El Capitolio está intacto. El ritual con expiación humana se retrasa hasta el árbol mayo. Las urracas sobrevuelan el castillo de Elsinor. La intertextualidad del siglo XIX apenas se ha estudiado. Es lo que tiene samplear.
 

Ensayo

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 10/01/2022 a las 18:01 | Comentarios {0}


El Gólgota de Edvard Munch. 1900
El Gólgota de Edvard Munch. 1900

Como el ámbar (ríe el contemplar la rapsodia que queda en las partituras tras ser interpretada); navegaciones habrá como los cursos; querida, ¡cómo siento esta belleza que claudica y se hace noche! Espera, quiero mirarla. ¿Dónde duermen los gatos camperos? ¿Están realmente enfermos? Esta misma tarde retazo de una conversación entre vecinas, Pues se han ido todas ladera arriba a toda mecha, balando, tan contentas, Verás como se les eche el lobo encima lo contentas que van a estar... Como el ámbar, piensa. Tan lejos todo, sea lo que sea lejos y todo. ¿Cuál es la cuarta dimensión? ¿Se podría explicar igual que la tercera se le explica a un gusano que sólo vive en dos, un gusano plano? ¿Entendería el gusano que él sólo puede ver la sombra de la tercera dimensión (es decir sólo la puede ver plana pero sabiendo que sólo es su sombra y dando por hecho que la idea de sombra es una analogía con la incapacidad para comprender un todo que no es la sombra sino sólo su sombra)? Los adioses es título de novela de Juan Carlos Onetti. Eso que pasa como lo dedos por las teclas... ¿cuántas veces he utilizado esa comparación? Antesala me viene a la cabeza mientras veo a Angélica salir de El Corte Inglés de Princesa, cruzar con rapidez la calle, bajar por Marqués de Urquijo mientras la belleza de la tarde cae y llega la oscuridad con su iluminación led tonalidad cálida. En estos adioses la extrañeza por las personas que compran bombillas led de tonalidad fría. ¿Cómo se puede vivir bajo esa luz de carnicería antigua? ¡La luz lo es todo! bien lo sabían los impresionistas. Bien lo sabían. A lo lejos refulge un adorno navideño. Dicen que el pueblo está infectado. Imagino hordas. La luz es tan clara. La oscuridad avanza tanto. Eso es la tarde y el inicio de la noche. Nado entre algas verdes. Sueño otro suelo. Me alejo y al alejarme me acerco. Lejanías. Desde esta particular forma de representar la realidad (sea lo que sea lo que encumbra ese concepto. Algo parecido a la idea de dios: algo inaccesible y que sin embargo está en todas partes; además lo sabe todo como dios; y por supuesto la realidad lo puede todo). Nada como una noche de nostalgias. No aquí, en lo alto de las montañas. Las montañas son orgullosas, pienso, dudo, ¿luego soy?. Una vez, hace tiempo, jugué con Descartes. También una vez, hace tiempo, conversé con María de Magdala y con Jesús de Nazareth en lo alto del Gólgota (que quiere decir calavera). Trasuntos. La farsa. Lo barroco. El mundo se acelera y con la velocidad los paisajes ante los que habría que detenerse para contemplar... luz, silueta, aquel claroscuro, el matiz de los ocres, la semejanza entre dos aguas, la nube que pasa, la ausencia de canto, un silencio en el paisaje, el que genera la música. Desde aquí. Desde esta estación (probablemente la última). Un bocado. El aire de un plato rico. Huevos fritos con patatas fritas y su miajina de jamón. Canta la noche. La luna se ha revuelto. Navega el telescopio James Webb por el espacio interestelar y desde la tierra lo vemos atravesar el espacio para ir en busca del tiempo. Un gran espejo la vida. Una normalidad extraña la vida (más que la vida en sí, la autoconciencia de saberse viviendo durante un espacio/tiempo dado). Siempre y cuando la química responda. Las manos respondan. Seamos capaces de decírnoslo. Ya tengo imagen. Ha surgido en la navegación por la red. También la red es multiverso. Relaciones. Cierta placidez y cierta glotonería al disfrutarla. Un rostro bonito el de Pam. También el de Jim. Ahora voy a publicar. Un treinta y uno de diciembre más. Me reúno con todos vosotros. Los que queráis. Como muchos amigos van a acercarse y entonces surgirá la nostalgia y habrá en más de un millón de casas la misma mirada cómplice entre dos seres que se quieren. Yo te miro a ti.
 

Ensayo poético

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 31/12/2021 a las 17:41 | Comentarios {0}


Madonna dei Palafrenieri. Caravaggio. 1605
Madonna dei Palafrenieri. Caravaggio. 1605

Escribe Daisetsu Teitaro Suzuki, Donde no hay paradoja no hay verdad. Siento cómo un pensamiento, una idea, no sólo es una cuestión de lenguaje sino que a veces siento, más en unos tiempos que en otros, que de ese pensamiento extraigo mucho más de lo que tiene de experiencia propia de quien lo transmite que el propio pensamiento articulado en un lenguaje comprensible.

Con todas mis dudas y a pesar de ser consciente de que la vida tiene zozobras estáticas, siento mi ser más como relación entre seres que como sujeto único; es lo que viene a decir la física moderna: que no somos realmente materia sino vibraciones de ondas/partículas con su anti-relación entre no-seres simétrica y perfecta. Este sentimiento que me acerca por igual a la ciencia y al misticismo -como tan bien me enseña Salvador Pániker- no me exime de responsabilidad. Sólo que intuyo la conciencia responsable como un temblor en mitad de lo casi vacío.

En estos días señalados cuando la comunidad a la que se pertenece entra en el tiempo del rito, en el tiempo en el que lo rutinario se detiene y la repetición tiene una tensión sagrada que desde niños nos es inculcada como a los que nos la inculcaron también les fue implantado cuando eran niños y así, en esas relaciones extrañas entre lo uno y lo otro, se crea el hilo conductor de la especie, probablemente tan enrevesado como la doble hélice y que en Occidente resumimos con el término tradición, lo acato. Ritos. Vueltas. Los días buenos. Los días (paradojas) al mismo tiempo amargos y tristes y alegres y llenos de esperanza y ahítos de nostalgia. Sí, claro, de nuevo la vieja cuestión: ¿Por qué algo en vez de nada?

A celebrar entonces el ciclo (a nuestra manera).
 

Ensayo poético

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 24/12/2021 a las 18:37 | Comentarios {0}


Escrito por Isaac Alexander

Edición y notas de Fernando Loygorri


* Unión Postale Universelle Rusie (principios de siglo XX)
* Unión Postale Universelle Rusie (principios de siglo XX)

          Querido Pseudo Lucilo:

     Sí, las nieblas son densas en lo alto de las montañas. M. se quedó muy dormida y por la mañana no quería levantarse. Ya sabes que ella es muy friolera y mi casa es muy fría. Me preguntas también cómo puedo vivir en la cuasi indigencia. Esas son las palabras que utilizas, ¡Ay, querido sobrino si tú supieras hasta dónde puede llegar la miseria!
     Disfruto de una casita alquilada. Vivo en un pueblo muy pequeño donde las gentes aún tienen un deje de cortesía -eso ya es riqueza, querido mío-; por la mañanas, al levantarme huelo aún el aire limpio de un valle y son los pájaros -soslayo los ruidos de los hombres que son muchos y muy diversos y que me suelen parecer -los ruidos- metáforas de sus desconsuelos- los que pueblan los sonidos de mis días. Aún en invierno. Eso es ya riqueza, querido mío. Afirmo además, por muy trillada que la idea sea, de que es más rico quien menos necesita que quien más tiene. Que se lo pregunten a los jugadores de póker de las grandes timbas mundiales. Sí, es cierto que paso frío, que mis ropas van envejeciendo con el paso de los años, que a veces miro con salivar de mi boca una manjar que antaño tomé o que quisiera, alguna vez, estar en otro sitio; es cierto que algo de estas carencias me pasarán factura pero también que las facturas que yo he de pagar son cada vez menos. Incluso he conseguido que por mi indigencia -como tú la llamas- ya no te duela que M. venga de vez en cuando a follar conmigo. Te imagino, perdona la broma, arrodillado ante uno de tus ídolos y pidiendo paciencia y comprensión ante la prueba que el buen ídolo/dios te está poniendo, a saber: que a M., tu novia y futura mujer según me cuenta, le hago tilín y viene, unas veces más y otras menos, a que nos demos un gusto al cuerpo y al alma porque -como muy bien sabrás- el sexo hace gozar y mucho lo inmaterial del ser. Ese gozo es ya riqueza, querido sobrino mío.
     Y claro que echo de menos ciertas comodidades que en otros tiempos tuve, también echo de menos las miradas primeras a las cosas o los descubrimientos verdaderos porque no sé cuánto descubrimos a lo largo de nuestras vidas; no sé cuánto descubre la persona más descubridora del mundo; no sé cuánto de lo que creemos descubrir son en realidad reelaboraciones de otros que descubrieron antes. Te lo escribo porque creo que estoy en un momento en el que estoy a punto de descubrir algo. Lo siento cuando miro a M. mientras fuma un cigarrillo y observa de forma casi te diría pura el paisaje que tiene frente a ella; yo estoy a sus espaldas y me fijo en la posición de su cadera, en un matiz de traslucidez en sus cabellos o en la relación de grises entre el mundo y el humo del café que surge de la taza que coge con su mano izquierda sin que le tiemble el pulso. Cuando observo esa composición y cuando intuyo que de una forma consciente ella no sabe que la observo, creo descubrir cómo M. se diluye en todo lo demás y todo lo demás se diluye en ella y parece que Brahma o alguno parecido a Brahma se mostrara complacido en las fronteras de mi percepción, de mi casa, de la taza de café o de la silueta de M. No, no, aún no lo he descubierto. No sé si lo que te escribo es realmente lo que quiero decir o si voy a dar por terminada esta carta y me voy a pegar a M. mientras me emociona pensar que alguna vez, alguna vez el universo pudo detenerse.
     Cuida tus ideas, querido Pseudo Lucilo pero no por un afán de mejorar sino por un deseo de no juzgar, un deseo real de no juzgar, un deseo real de mezclarte con, cuando menos, las percepciones sin emitir, previamente, un juicio de valor. Los hechos morales existen y son constantes. Los juicios de valor son caprichosos como las corrientes en los cabos.

Siempre te quiere tu tío Alexander
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*
 La fotografía que acompaña la carta de Isaac Alexander pertenece a los recados de escribir que conservo de mi abuelo Ángel García-Loygorri  Atienza. Estos recados eran notas que se enviaban entre los miembros de las embajadas -mi abuelo era diplomático-. Los que conservo corren entre los años de 1905-1918 , en su mayor parte fueron escritos en San Petersburgo  y en Berlin. En estos recados de escribir se podía enviar desde unos buenos días hasta la hora y el lugar de una reunión importante o ser la tarjeta que acompaña un ramo de rosas rojas enviado para celebrar una pasión.
 

Narrativa

Tags : Escritos de Isaac Alexander Sobre la verdad Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 23/12/2021 a las 17:44 | Comentarios {0}


Poco antes de morir mi padre me dijo una de las frases más hermosas que me han dicho jamás (y que jamás me dirán). Estábamos merendando en el Vips de la calle Velázquez esquina con Lista. Nos acompañaba Gustavo, un muchacho emigrante que lo cuidaba por las tardes. Mi padre estaba ya en silla de ruedas y apenas podía hablar tras haber tenido un cáncer de laringe. Cuando terminó de dar un sorbo a su café, me miró con sus ojos tristes y pequeños y me dijo: Fernando, si por algo agradezco la enfermedad que tengo es por haberte podido conocer. Mi padre y yo nos conocimos, al final de su vida, mediante la correspondencia epistolar que empiezo a publicar.
Cuando murió mi padre no sé quién se encargó de tirar las cartas -que yo le enviaba en papel, por correo postal y que él guardaba en uno de los cajones de su mesa- a la basura. Por supuesto quien lo hizo no me consultó siquiera si quería conservar las cartas. Menos mal que yo guardé copia de ellas.
Transcurridos más de veinte años, siento el deseo de escribir sobre la verdad y creo que estas cartas son lo más sinceras de lo que era capaz. Las escribí entre los treinta y uno y los cuarenta años, es decir, durante la edad conflictiva.


07 Sobre la verdad. 3ª carta a mi padre

2 de Octubre de 1996
 
                        Querido padre:
 
            Sueños de la noche y la brisa del sur soplando entre las palmas reales. Llegaron tres barcos, tres hermosos bergantines con bandera congoleña.
 
            En la cubierta del primero orquesta y coro interpretan cantatas de Bach; el director es un viejo almirante manco; los músicos son todos negros e interpretan a Bach con mucho son; el coro está compuesto por una agrupación de godspell de Louisiana con mujeres muy gordas y hombres muy negros con los pelos muy blancos.
 
            En la cubierta del segundo bergantín, cuyo mascarón de proa es una esfinge de Rita Hayworth en pelota, un grupo de carteros en huelga airea con pena los sellos de sus respectivos países. Y así se ven sellos de Kuala Lumpur, de Laponia, de Israel (que por cierto son unos sellos con siete puntas), de Galicia o de Ohio. La protesta de los pobres carteros se resume en el lema que refulge cual espada en una pancarta argentina: "POBRES DE NOSOTROS LOS CARTEROS SIN DESTINO PUES YA NO HAY HOMBRES NI MUJERES QUE QUIERAN ESCRIBIRSE EN PAPEL SUS DESATINOS". Uno de los carteros (fémina en este caso) está amarilla verdosa la pobre porque la mar baila al son de una música de René Aubry que tiene algo de tango y un poquito de tarantela.
 
            El tercer barco, padre, el tercer bergantín, alberga en su castillo de proa a Venus rediviva. Te cuento: cuando apareció en cubierta el cielo se llenó de colibrís, las nubes hicieron acto de presencia pero el sol las apartó de un plumazo, las estrellas salieron a deshora, los pulpos abandonaron las profundidades y una medusa azul y rosa tiñó el mar de un color imposible mitad pasta de dientes con clorofila mitad rosa roja. Allí estaba ella, una muchacha de no más de veinticinco años, trigueña como dirían nuestros hermanos cubanos, con unos ojos rasgados y verdes pero no muy verdes, no esos ojos verdes de película, no, unos ojos verdes como el verde de nuestros olivos andaluces; sus pómulos eran dos piedras de jade cinceladas por la mano de Hefestos; su boca la summa teológica del beso. El cuello, los hombros, el pecho formaban una composición perfecta para el deseo: el cuello por su longitud y su fineza, los hombros por su redondez y ya se sabe y si no te lo digo yo que la felicidad es siempre esfera, y los pechos porque en ellos se unen las dos aspiraciones máximas del hombre: la utilidad y la belleza. Vientre luego, suave loma, envoltorio de la vida, vida misma, sujeto a los límites de la cintura y los bordes de las caderas y las piernas largas y carnosas, columnas labradas para el goce, mármol de carne, mármol de carne. Las gentes del puerto se arremolinaron ante el tercer bergantín y comenzaron a cantar una vieja canción galesa y su canto se confundió con la orquesta y coro del primer barco y con la protesta airada de los carteros. La isla de Wotopinga fue un puerto de Babel y entre la confusión yo me bajé e invité a la chica hermosa a un gin Fizz, invitación que ella aceptó.
 
            ¡Ah, la noche, padre!. Hubo un momento hermoso, lleno de nostalgia; me preguntó por mi pasado con una voz que venía de muy lejos. Yo le contesté que no tengo pasado. Ella insistió y dijo: "seguro que hay algo". Y entonces le hablé de ti, le hablé de ti durante horas y al final cuando la aurora de rosáceos dedos asomaba por el horizonte, ella se echó a reír y dijo: "Antonio, sí, Antonio, me acuerdo de él, vaya que si me acuerdo". Y me contó una velada en Chicote, hace muchos años, cuando ella recaló por Madrid.

             (...) Este párrafo lo he suprimido porque se refería a una serie de erratas en la carta anterior -la que corresponde al número 06 de Sobre la verdad- que ya corregí al transcribirlo a la revista.
 
 
            P.D. Padre si tú quieres escribirme puedes hacerlo a mi antigua dirección: Calle Del nombre de un filósofo nº xx piso xx en la ciudad de Xxx. Tus cartas me llegarán te lo aseguro.
 

Epistolario

Tags : Sobre la verdad Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 22/12/2021 a las 18:49 | Comentarios {0}


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