Me caen muy bien los pájaros
Asumo que el silencio es un hoy un bien escaso
Presumo que he perdido y aún no lo he aceptado
Me caen muy bien los pájaros
La tarde si es callada es tan bonita
La voz si es aislada concita en mi sentir
un vuelo de gaviota sobre una ría gris
Me caen tan bien los pájaros
Me sumerjo en sus cantos
Los observo volar y cuando veo el nido
aminoro mi paso y procuro pasar quedo
como si yo sólo fuera
espectro de un humano condenado a vagar
Me caen muy bien los pájaros
incluso aquellos mirlos que una primavera
picoteaban el cristal de la ventana
la ventana de mi pequeño escritorio
desde la que veo al fondo la montaña
y sus vuelos y sus patas y sus juegos
Me caen muy bien los pájaros
también los periquitos
Ha sido desplazarse. Sentirse por vez primera recorriendo el espacio y el tiempo a tal velocidad. Ha sido elevarse hacia una idea y declarar, ¡Lástima que no haya tenido fe!
Antes, como si fuera un islote, una piedra sin nombre en mitad de la mar, ha elevado una prez y ha querido gritar sólo que el espacio navegaba ligero y el tiempo se hacía diminuto y sus esfuerzos se olvidaban tan rápido como se ejecutaban. Morir no es esto, se dijo. Morir no puede consistir en ser consciente de morir.
Arreciaba el viento Bóreas, amigo de los dioses y enemigo de las mujeres -que se lo pregunten, si no me creen, a Oritía, una de las Hiacíntides, hija del rey ateniense Erecteo y de Praxitea-; ocurrió una mañana que la muchacha estaba danzando junto al río Iliso cuando fue raptada por Bóreas, el viento del Norte, hijo de Astreo y de Eos, que pertenece a la familia de los Titanes y que es conocido por su variabilidad y violencia de carácter; Bóreas, pues, se llevó a Oritia hasta Tracia, uniéndose allí a ella -por la fuerza de su fuerza- y haciéndola concebir dos hijos, Zetes y Calais, a los que llamaron los Boréadas y que alcanzaron fama participando en la expedición de los Argonautas- y dos hijas, Quione y Cleopatra. Arreciaba ese viento, decía, cruel y violento, el día en el que el islote que era tan sólo un peñasco en mitad de la mar, se preguntó por qué a él Dios no le había otorgado ni una miajita de fe. Fe, se decía, para aceptar ser peñasco en la mar, sin nada de vida en sus entrañas, sin cercanía con puerto alguno, aislada isla sin nada más que arcilla que ofrecer, una arcilla buena para el cutis, pero no milagrosa, pero no alcanzable, nunca untada en piel alguna ni humana ni animal; tan sólo el islote conocía sus propias propiedades.
¿Se aplacará algún día? Ahora tan sólo se quiere levantar para hacer sus necesidades y luego se quiere volver a la cama y cerrar los ojos y quedarse dormida. La pregunta que inicia este corto relato se la hace a ella misma. Está sentada encima de la cama. Son las cinco de la tarde. Normalmente a esas horas estaría en la oficina, terminando la jornada. Ha sabido vivir muchos años con ello y de improviso, hace tres días, se despertó con un mechón de su pelo encanecido tras haber tenido una pesadilla horrísona: el mal es una masa de vapor viscoso, algo semejante a los humos que desprende la combustión de una rueda. El mal se le mete por la nariz. El mal es un terror que le hiela la sangre. El mal es un grito que nadie puede escuchar. Despertó. Sudada. Se incorporó en la cama. Se quedó sentada y su mirada se fijó en la pared de enfrente, la cual, por efecto quizá de restos de la pesadilla, le pareció alejada. A día de hoy se lo sigue pareciendo. Desde esa pesadilla se ha quedado metida en la cama. Tan sólo se levanta para hacer sus necesidades, para comer y beber algo. No se lava. Se vuelve rápido a la cama. Se tapa y se masturba con la mano izquierda mientras se mete los dedos de la derecha por el ano. Los varios orgasmos permiten que vuelve a quedarse dormida. Se masturba y no busca con ello el placer sino la muerte aunque parcial nacida del cansancio. Cuando se despierta repite la misma rutina ahora que ya no las tiene. La misma rutina que acabará matándola de inanición. Ella que había soportado tantos años. De repente, de un día para otro, como si desde siempre lo hubiera sabido. La salida era ésta: abandonar y abandonarse. Desde hoy. "Habéis vencido. Me derroto,", se ha dicho. Lo ha hecho.
Cuento
Tags : Cuentecillos Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 06/06/2026 a las 18:04 |Descubriremos que todo es como la nieve y que la esfera nos rodea
Descubriremos que están allí, ¡todos! con sus nombres
(la inmensidad de los nombres, los lugares que evocan)
Descubriremos cada una de las ráfagas de aire
que corre libre entre nuestros tendones
Descubriremos el aliento de las ballenas jorobadas
en una mar de mañana sobre la que el sol danza
Tendidos sobre telares
enlazadas las manos
como si empezara a ocurrir por vez primera...
La reverberación llegó con el oído. Hasta entonces nada había vuelto, nada había re-vuelto. Fue despertarse y sentir la punzada y saber que desde ese momento en adelante la punzada sería el aviso de la ausencia. ¡Nunca lo habría supuesto! se decía restregándose aún los ojos mientras por el interior de los muros corría el agua a una velocidad pasmosa. ¿Había llegado el día? ¿Era esto lo que tanto temían los colegas del gremio? ¿Esto era de lo que se hablaba en voz baja como si no se quisiera mentar a la Parca o como si ésta fuera dura de oído y bastara hablar bajito para escapar a su influencia?
Se levantó. Fue al baño sin la urgencia de otros días. Fuera el silencio atronaba. Ni los pájaros cantaban. Sintió la punzada al poco de estar despierto, cuando estaba echando los restos del café del día anterior por el desagüe del fregadero. No se dijo nada. No se detuvo en su quehacer sino que continuó fiel a sí mismo y al miedo de especie a la muerte; se hizo, por lo tanto, el desayuno; se lo llevó en una bandeja hasta la salita y fue al untar con mantequilla la primera tostada cuando le vino una segunda punzada, ésta mucho más fuerte, mucho más intensa, hasta el punto que le cortó la respiración y le empujó a mirar por la ventana el almendro que se elevaba a más de quince metros del suelo y que mantenía un vigor propio de la primavera. No remitió el dolor que se le había incrustado hasta el fondo del hígado, donde los pensamientos bullían y armaban tal jaleo que hubo de llamar a sus perros interiores para que callasen. No callaron. Había llegado, se decía -o decían los pensamientos que, cuales furias soltadas de sus yugos, se hubieran desparramado por todo su ser provocándole convulsiones y lamentos y suspiros tan hondos que la noche casi vuelve y pasa el día entre tormentos como smog-. Ingerir, se decía. Degustar, se decía. Mira, se decía, observa el sol, la fresca mañana y azul. Deja que la memoria ejerza su función. No luches contra ella. No sabrás nunca. No te refociles. No rebusques. No te hundas. Nadie dijo que esto fuera a ser fácil. Anularse. Darse por vencido. Entregarse a los brazos del mejor postor y dejar de sentir, ¡Por dios te lo pido -le rogaba una voz interior que parecía estar por encima de sí mismo-, deja de tener esperanza! La única esperanza sería que cambiaras y eso, bien lo sabes, no está en tu mano.
Fue entonces, de la mano de la palabra mano, cuando reverberó el vacío y de él fugaron, hacia un punto preciso de su horizonte, su presencia, el calor de su cuerpo, el mundo de las ideas, las soluciones complejas, el deseo insufrible, la contemplación serena, las ganas de amar, la aspiración de una alteración de la conciencia, la caricia, la sorpresa de una noche en la que su cuerpo se arrimó al suyo y ambos se dieron el calor justo; reverberó la infancia de sus hijos, las carreras por la playa, las olas del mar, el velero lejos, el farallón tan blanco, las ganas de saltar, el muérdago y el musgo, la contemplación de la erección de una ciudad sagrada, la escalada hasta un castillo en ruinas en cuya torre albarrana se apostaban defensores con los rostros cubiertos con yelmos obtenidos como botín en una incursión en el oriente; fue entonces cuando supo el horror vacui y la inutilidad del rezo y se aprestó a ser valiente una vez más por mucho que supiera, en el fondo de ese hígado asaeteado por pensamientos nefastos, que la valentía no es una condición de los valientes sino de los sanos.
La escucha. Se acerca. Luego la niebla cubre sus entendederas y lo demás es tan sólo un ir dejando de hilar muy poco a poco, muy poco a poco...
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Poesía
Escrito por Fernando García-Loygorri Gazapo el 13/06/2026 a las 19:21 |